Los universitarios chilenos llegan en busca de una educación para todos
Publicado el 26 de Septiembre de 2011
El crecimiento exponencial de los jóvenes de ese país que se instalan en la Argentina para cursar en universidades no aranceladas muestra la otra cara del conflicto que sacude a la región. Las causas de una migración diferente.
Felipe Ramírez Mallat
Para Tiempo Argentino
Ya estaban, siempre estuvieron. Muchos llegaron a la Capital en los ’70, y en el sur, ni hablar: cuando la Cordillera de los Andes se hunde en el mar, hay lugares donde la frontera no es más que una línea imaginaria. Pero desde hace un tiempo, son cada vez más visibles en Buenos Aires. El acento se oye con frecuencia en las calles y va en aumento el número de porteños con “un amigo chileno”. Ahora, la explosión del conflicto en torno a la educación en Chile parece haber dado un nuevo rostro a esta realidad. “Exiliados educacionales”, se hacen llamar. Están organizados y actúan, sobre todo en las aulas de las universidades públicas argentinas.
Las grandes movilizaciones en Santiago y otras ciudades de Chile se han ido replicando, de a poco, en las calles de Buenos Aires. Cuando el paro nacional del 25 y 26 de agosto, casi 10.100 personas marcharon desde el Obelisco hasta el Consulado chileno. Los líderes de las “Asambleas de Estudiantes Chilenos Exiliados por la Educación” entregaron una carta donde denunciaban que las razones por las que se encuentran en la Argentina son menos románticas que la aventura de vivir fuera del propio país.
“Yo estudié en Chile y ya estoy endeudada por eso. Y la posibilidad de continuar estudiando era imposible por el factor económico”, dice Daniela Poblete, una de las líderes de la asamblea de Buenos Aires. Es actriz, cursó Teatro en la Universidad de las Artes y las Ciencias Sociales, privada, en Santiago, por unos 100 mil pesos argentinos de arancel total. Actualmente, cursa la Dirección en Artes Escénicas en el Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA), con costo cero.
Como ella hay muchos. Según cifras de la Embajada Argentina en Santiago, en los últimos diez años, 3307 jóvenes chilenos han cruzado la cordillera para proseguir estudios superiores en universidades nacionales. Pero esta es sólo la cifra de quienes pidieron uno de los 1400 cupos que cada año las casas de altos estudios argentinas ofrecen a través de las embajadas a estudiantes extranjeros. Hay una cifra fantasma, pero de gente real, que esconde a muchos que tomaron una mochila y se instalaron en el país sin más. Gracias al Mercosur es fácil tramitar la residencia, y con un DNI es posible anotarse, como cualquier hijo de vecino, en una universidad pública. Los chilenos que han accedido al DNI argentino subieron de 827 en 2004, a 4835 en 2010.
Si se compara el costo de una carrera universitaria en Chile –180 mil pesos argentinos, en promedio– con la gratuidad argentina, es comprensible que muchas familias de clase media chilena piensen en enviar a sus hijos a estudiar aquí. En Buenos Aires, es posible alquilar una habitación por mil pesos al mes y, sin muchas pretensiones, vivir con otros 1000, presupuesto que es incluso menor en ciudades como Córdoba o La Plata, y que se facilita con un trabajo part time y el apoyo de la familia desde Chile.
La llegada de jóvenes chilenos a la Argentina es un proceso novedoso. Aunque siempre hubo una migración constante de ida y vuelta, incrementada en los ’70, cuando arribó buena parte de los exiliados por la dictadura de Pinochet, esta sería una tercera corriente de migración “económico-cultural”.
“Se trata fundamentalmente de migrantes jóvenes-adultos en edad laboral que, por un lado, observan a la Argentina como una posibilidad de realizar sus estudios de grado o bien continuar con los de posgrado, y además consideran a Buenos Aires como una ciudad que les ofrece una suerte de ampliación de sus ‘horizontes culturales’”, dice Florencia Jensen, investigadora de la UBA y el CONICET que prepara una tesis de doctorado sobre el fenómeno. Al ahondar en las razones de este movimiento demográfico, apunta a que “se vincula con las transformaciones que se llevaron a cabo en Chile durante la dictadura, como la privatización de la educación pública, o la coerción y el disciplinamiento de la ciudadanía, cuyos efectos aún perduran. Esta migración ‘económico-cultural’, sus características, motivaciones y representaciones, han sido poco estudiadas”, sostiene.
Las noticias llegadas desde Santiago posibilitaron la visibilización de los nuevos migrantes. Tímidamente, los noticieros hicieron patente una realidad poco conocida. El documental “Vos sos cuático”, filmado hace dos años por el chileno residente en Buenos Aires, Mario Bravo –que explica parte de este proceso, centrándose en la búsqueda de horizontes culturales que Chile no ofrecería y también revoloteando sobre la idea de exilio–, se pasa cada vez más seguido en clubes y centros culturales porteños. Desde el retorno a la democracia, en 1990, Chile ha exportado una imagen de país pujante y en desarrollo, con acceso al consumo y altos estándares de calidad de vida respecto de sus vecinos. Pero el conflicto estudiantil permitió develar la parte desconocida del modelo económico que le valió al país el mote de “mejor alumno” por parte de centros ultraliberales como la Universidad de Chicago o la Heritage Foundation de los EE UU. Y conocer que, de los países que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), cuyo ingreso fue el gran logro en política exterior de la administración de Michelle Bachelet, Chile registras los aranceles universitarios más altos.
El aumento del acceso a la educación superior, festejado por los ex presidentes de la Concertación, tenía un costado oculto: el endeudamiento. En Chile, los universitarios se cuadruplicaron entre 1990 y 2010, gracias a las flamantes universidades privadas, que llegaron para socorrer una demanda insatisfecha por cupos de educación superior. El ingreso a las universidades públicas es limitado, y se accede a través de la Prueba de Selección Universitaria (PSU), que se pondera junto a las calificaciones obtenidas durante la enseñanza secundaria. Quienes no pasan el examen, quedan afuera.
Así fue como proliferaron las universidades privadas –que no requieren examen de ingreso–, permitidas por la última ley promulgada por Pinochet, justo un día antes de dejar el poder, el 10 de marzo de 1990: la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE), el último clavo de la aún vigente Constitución de 1980. En 20 años se fundaron dos o tres universidades hoy reconocidas por su calidad (y que incluso exigen, aunque no es obligatorio, obtener un alto puntaje en la PSU como parte del proceso de selección de sus estudiantes), pero junto a ellas apareció una docena de instituciones que llenaron sus aulas con carreras “de tiza y pizarrón” –Periodismo, Psicología y otras humanidades–, sin inversión en investigación y desarrollo, y cuyo fin último es el lucro que hoy se encuentra en el centro del debate.
En algunos medios chilenos, la respuesta pasó por desacreditar a los estudiantes movilizados de este lado de Los Andes. “En la Argentina, sólo 6 de cada 100 universitarios se reciben (la otra cara de la educación gratuita)”, publicó el 26 agosto el diario electrónico chileno Infonegocios. Puesta como ejemplo por el movimiento estudiantil chileno, la educación argentina se ha colado sin querer en el debate. Para los defensores del lucro en Chile, la idea de una universidad pública de prestigio es inaceptable. “Lo que buscamos con nuestra movilización es poner en discusión que un sistema de educación gratuita y universal es posible”, dice Poblete. “En Chile, Piñera y la derecha dicen que no se puede. Nosotros vivimos lo contrario. Claro que las universidades argentinas tienen problemas, siempre faltan recursos, pero saben mantener su nivel y siempre con una mirada pública en torno a la enseñanza”.
El movimiento crece. Poblete cuenta que a la primera convocatoria, hace tres meses, fueron 15 personas. “A la última asamblea, asistieron unos 300 jóvenes chilenos exiliados por el sistema educacional, y en la marcha llegamos a casi mil personas, incluyendo muchos chilenos exiliados de los ’70 que no volvieron y también estudiantes argentinos en solidaridad con el movimiento”. La ola crece, a ambos lados de la cordillera.
Para Tiempo Argentino
Ya estaban, siempre estuvieron. Muchos llegaron a la Capital en los ’70, y en el sur, ni hablar: cuando la Cordillera de los Andes se hunde en el mar, hay lugares donde la frontera no es más que una línea imaginaria. Pero desde hace un tiempo, son cada vez más visibles en Buenos Aires. El acento se oye con frecuencia en las calles y va en aumento el número de porteños con “un amigo chileno”. Ahora, la explosión del conflicto en torno a la educación en Chile parece haber dado un nuevo rostro a esta realidad. “Exiliados educacionales”, se hacen llamar. Están organizados y actúan, sobre todo en las aulas de las universidades públicas argentinas.
Las grandes movilizaciones en Santiago y otras ciudades de Chile se han ido replicando, de a poco, en las calles de Buenos Aires. Cuando el paro nacional del 25 y 26 de agosto, casi 10.100 personas marcharon desde el Obelisco hasta el Consulado chileno. Los líderes de las “Asambleas de Estudiantes Chilenos Exiliados por la Educación” entregaron una carta donde denunciaban que las razones por las que se encuentran en la Argentina son menos románticas que la aventura de vivir fuera del propio país.
“Yo estudié en Chile y ya estoy endeudada por eso. Y la posibilidad de continuar estudiando era imposible por el factor económico”, dice Daniela Poblete, una de las líderes de la asamblea de Buenos Aires. Es actriz, cursó Teatro en la Universidad de las Artes y las Ciencias Sociales, privada, en Santiago, por unos 100 mil pesos argentinos de arancel total. Actualmente, cursa la Dirección en Artes Escénicas en el Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA), con costo cero.
Como ella hay muchos. Según cifras de la Embajada Argentina en Santiago, en los últimos diez años, 3307 jóvenes chilenos han cruzado la cordillera para proseguir estudios superiores en universidades nacionales. Pero esta es sólo la cifra de quienes pidieron uno de los 1400 cupos que cada año las casas de altos estudios argentinas ofrecen a través de las embajadas a estudiantes extranjeros. Hay una cifra fantasma, pero de gente real, que esconde a muchos que tomaron una mochila y se instalaron en el país sin más. Gracias al Mercosur es fácil tramitar la residencia, y con un DNI es posible anotarse, como cualquier hijo de vecino, en una universidad pública. Los chilenos que han accedido al DNI argentino subieron de 827 en 2004, a 4835 en 2010.
Si se compara el costo de una carrera universitaria en Chile –180 mil pesos argentinos, en promedio– con la gratuidad argentina, es comprensible que muchas familias de clase media chilena piensen en enviar a sus hijos a estudiar aquí. En Buenos Aires, es posible alquilar una habitación por mil pesos al mes y, sin muchas pretensiones, vivir con otros 1000, presupuesto que es incluso menor en ciudades como Córdoba o La Plata, y que se facilita con un trabajo part time y el apoyo de la familia desde Chile.
La llegada de jóvenes chilenos a la Argentina es un proceso novedoso. Aunque siempre hubo una migración constante de ida y vuelta, incrementada en los ’70, cuando arribó buena parte de los exiliados por la dictadura de Pinochet, esta sería una tercera corriente de migración “económico-cultural”.
“Se trata fundamentalmente de migrantes jóvenes-adultos en edad laboral que, por un lado, observan a la Argentina como una posibilidad de realizar sus estudios de grado o bien continuar con los de posgrado, y además consideran a Buenos Aires como una ciudad que les ofrece una suerte de ampliación de sus ‘horizontes culturales’”, dice Florencia Jensen, investigadora de la UBA y el CONICET que prepara una tesis de doctorado sobre el fenómeno. Al ahondar en las razones de este movimiento demográfico, apunta a que “se vincula con las transformaciones que se llevaron a cabo en Chile durante la dictadura, como la privatización de la educación pública, o la coerción y el disciplinamiento de la ciudadanía, cuyos efectos aún perduran. Esta migración ‘económico-cultural’, sus características, motivaciones y representaciones, han sido poco estudiadas”, sostiene.
Las noticias llegadas desde Santiago posibilitaron la visibilización de los nuevos migrantes. Tímidamente, los noticieros hicieron patente una realidad poco conocida. El documental “Vos sos cuático”, filmado hace dos años por el chileno residente en Buenos Aires, Mario Bravo –que explica parte de este proceso, centrándose en la búsqueda de horizontes culturales que Chile no ofrecería y también revoloteando sobre la idea de exilio–, se pasa cada vez más seguido en clubes y centros culturales porteños. Desde el retorno a la democracia, en 1990, Chile ha exportado una imagen de país pujante y en desarrollo, con acceso al consumo y altos estándares de calidad de vida respecto de sus vecinos. Pero el conflicto estudiantil permitió develar la parte desconocida del modelo económico que le valió al país el mote de “mejor alumno” por parte de centros ultraliberales como la Universidad de Chicago o la Heritage Foundation de los EE UU. Y conocer que, de los países que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), cuyo ingreso fue el gran logro en política exterior de la administración de Michelle Bachelet, Chile registras los aranceles universitarios más altos.
El aumento del acceso a la educación superior, festejado por los ex presidentes de la Concertación, tenía un costado oculto: el endeudamiento. En Chile, los universitarios se cuadruplicaron entre 1990 y 2010, gracias a las flamantes universidades privadas, que llegaron para socorrer una demanda insatisfecha por cupos de educación superior. El ingreso a las universidades públicas es limitado, y se accede a través de la Prueba de Selección Universitaria (PSU), que se pondera junto a las calificaciones obtenidas durante la enseñanza secundaria. Quienes no pasan el examen, quedan afuera.
Así fue como proliferaron las universidades privadas –que no requieren examen de ingreso–, permitidas por la última ley promulgada por Pinochet, justo un día antes de dejar el poder, el 10 de marzo de 1990: la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE), el último clavo de la aún vigente Constitución de 1980. En 20 años se fundaron dos o tres universidades hoy reconocidas por su calidad (y que incluso exigen, aunque no es obligatorio, obtener un alto puntaje en la PSU como parte del proceso de selección de sus estudiantes), pero junto a ellas apareció una docena de instituciones que llenaron sus aulas con carreras “de tiza y pizarrón” –Periodismo, Psicología y otras humanidades–, sin inversión en investigación y desarrollo, y cuyo fin último es el lucro que hoy se encuentra en el centro del debate.
En algunos medios chilenos, la respuesta pasó por desacreditar a los estudiantes movilizados de este lado de Los Andes. “En la Argentina, sólo 6 de cada 100 universitarios se reciben (la otra cara de la educación gratuita)”, publicó el 26 agosto el diario electrónico chileno Infonegocios. Puesta como ejemplo por el movimiento estudiantil chileno, la educación argentina se ha colado sin querer en el debate. Para los defensores del lucro en Chile, la idea de una universidad pública de prestigio es inaceptable. “Lo que buscamos con nuestra movilización es poner en discusión que un sistema de educación gratuita y universal es posible”, dice Poblete. “En Chile, Piñera y la derecha dicen que no se puede. Nosotros vivimos lo contrario. Claro que las universidades argentinas tienen problemas, siempre faltan recursos, pero saben mantener su nivel y siempre con una mirada pública en torno a la enseñanza”.
El movimiento crece. Poblete cuenta que a la primera convocatoria, hace tres meses, fueron 15 personas. “A la última asamblea, asistieron unos 300 jóvenes chilenos exiliados por el sistema educacional, y en la marcha llegamos a casi mil personas, incluyendo muchos chilenos exiliados de los ’70 que no volvieron y también estudiantes argentinos en solidaridad con el movimiento”. La ola crece, a ambos lados de la cordillera.
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