LOS DIFERENTES SENTIDOS DE LAS BATALLAS DE SAN LORENZO Y DE
CASEROS
( por Emiliano Vidal*).-
Hay un relato de la historia que sintoniza con el modelo de país
deseado. Uno es el de la Patria chica, dependiente del imperio
inglés. El otro, el de la Patria grande, a favor de la integración
latinoamericana, inseparable del ser nacional.
Símbolos que expliquen esos enfoques son el combate de San
Lorenzo y casi cuarenta años después, la caída de Juan Manuel de
Rosas por una guerra internacional contra la Argentina. Sólo
coinciden en el mismo día, 3 de febrero, porque uno abrió el camino
a la Independencia y el otro lo cerró por demasiado tiempo.
El combate en los alrededores del convento de San Carlos, en
la posta santafesina de la localidad de San Lorenzo, el 3 de
febrero de 1813, fue un punto de inflexión por ganar la ansiada
independencia y el comienzo del estrellato militar de José de San
Martín.
Lo fue, porque el flamante Regimiento de Granaderos a Caballo
bajo su mando derrotó a la poderosa flota de Montevideo, que era la
elite marina del poder del Virreinato del Río de la Plata. Sin
contar con embarcaciones, solo con milicias, esa victoria fue un
espaldarazo fundamental para la revolución que había comenzado el
25 de mayo de tres años atrás.
La otra batalla librada también un caluroso 3 de febrero,
pero de 1852, fue el combate de la claudicación en la localidad
bonaerense de Caseros cuando las tropas de Justo José de Urquiza,
con la participación directa del ejercito imperial de Brasil y el
amparo de Inglaterra, vencieron a las de Juan Manuel de Rosas, el
gobernador de Buenos Aires ungido en 1835 representante de todas
las provincias y comando de la Nación hacia el exterior.
Tropas que fueron parte de la gran guerra civil argentina y
también tropas extranjeras que respondían a Río de Janeiro y a los
colorados de Montevideo y que no ahorraron sangre de los
derrotados. Fueron perseguidos, fusilados, ahorcados y colgados en
los bosques del hoy barrio porteño Palermo, cerca del lugar donde
Urquiza sentó residencia gubernamental en la propiedad del gran
vencido. Odio de Caseros, como los bombardeos del ´55.
Rosas no cayó por haber gobernado durante más de veinte años
con un estilo duro sino por la defensa de los intereses nacionales,
a tal punto que en la epopeya de la Vuelta de Obligado, de 1845, el
propio José de San Martín y a pesar de su edad se puso a su
servicio legándole su mítico sable con el que venció en San Lorenzo
y liberaría después a Chile y Perú.
El mismo San Martín, que a los 34 de edad había llegado en
marzo de 1812 en el momento de mayor debilidad de la Revolución de
1810, con una tarea primordial: formar un ejército profesional con
los últimos adelantos en el arte de la guerra para liberarse del
yugo español.
Quizá la figura de un olvidado por la historiografía
mitrista, el coronel Martiniano Chilavert, baste para explicar el
diferente sentido de estas dos batallas.
Soldado leal a Rosas, Chilavert fue fusilado el 4 de febrero
de 1852, al otro día de la batalla de Caseros, por directa orden de
Urquiza. Se había reincorporado al Ejército en 1826 para luchar en
la guerra contra el Imperio del Brasil y había estado al lado de
San Martín en 1812.
"En todas las posiciones en que el destino me ha colocado, el
amor a mi país ha sido el sentimiento más enérgico de mi corazón.
Considero el más espantoso crimen llevar contra él las armas del
extranjero. Vergüenza y oprobio recogerá el que así proceda y en su
conciencia llevará eternamente un acusador implacable que sin cesar
le repetirá: traidor! traidor! Traidor", decía Chilavert poco antes
de ser ejecutado.
Fue por esas convicciones que años atrás y con el cargo de
subteniente de artillería del reciente Regimiento de Granaderos a
Caballo, hicieron que participara de la revuelta popular en que fue
expulsado el Primer Triunvirato, gobernante desde 1811 e integrado
por Feliciano Chiclana, Manuel de Sarratea y Juan José Paso, y
asesorado por un Bernardino Rivadavia, funcional a los intereses de
la corona española y de un imperio inglés que tenía un enorme
interés por las colonias olvidadas.
"Estamos aquí para proteger la voluntad del pueblo, porque no
siempre están las tropas, como normalmente se cree, para defender a
los tiranos", sentenciaba San Martín frente al centro del poder que
era el Fuerte -ubicado en la actual Casa Rosada-, flanqueado por el
propio Chilavert y por quienes se destacarían en el combate de San
Lorenzo, Hipólito Bouchard, Matías Zapiola y Justo Bermúdez.
Dos batallas, que en el relato histórico son valoradas de
maneras diferentes: la de San Lorenzo, la del sueño sanmartiniano
de la Patria Grande y la de Caseros, la atada al carro inglés, el
mismo de las Malvinas, hoy también defendidas en los derechos
argentinos por todos los gobiernos y pueblos latinoamericanos.
(*) Abogado-Periodista .
Tèlam.
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