El último romántico
semifinalista. Boca perdía con Fluminense y debía ir a los penales, pero en el minuto final Riquelme puso un pase mágico para Rivero que terminó con el gol de Silva. El equipo de Falcioni pasó con autoridad y mística copera.
La competencia en la Copa Libertadores de América tiene códigos especiales, se disputa de otra manera, con una carga de adrenalina diferente a otros torneos. La Copa exige el ciento por ciento de la concentración, del esfuerzo físico. No perdona ni tolera a los que llegan a medias tintas, a los que se quedan paralizados por su propio nerviosismo o desnudan falencias groseras. El duelo entre Fluminense y Boca por muchos pasajes del encuentro fue más lucha libre que juego.
Pechos inflados y brazos calientes. ¿Las piernas? Para correr mucho, tirarla larga y sacar fotocopias a los tapones. Hasta que el reloj marcaba el tiempo de descuento. Hasta que Juan Román Riquelme, que le puso el cuerpo a todos los golpes, recibió de frente y rescató un pase de los suyos, de esos milimétricos, para ver la corrida del Burrito Rivero. El volante encontró piernas y pulmones, ¿de dónde?, y sacó un derechazo rebelde, que se negó a morir sin lastimar. Por eso empecinadamente chocó con uno y con el otro, mientras los defensores locales y el arquero se volvían locos tratando de evitar lo inevitable. El pelado Silva, que se cansó de pelear con todos los defensores, buscó esa pelota para mandarla bien adentro, para permitir que en el estadio João Havelange se escuchara bien alto el grito de gol bostero. Respondiendo a esa mística en tierras brasileñas que se consolidó en el ciclo del Virrey Carlos Bianchi. Que tiene bien presente el talento de un Riquelme, quien durante los 90 minutos se vio asfixiado y golpeado, que tuvo un par de mano a mano de fiereza con Edinho y con Rafael Sobis.
Atrás quedó sepultada la carambola de Carleto, que después de pegar en Rivero entró mansamente junto al palo derecho. Fluminense creyó que con una sola mano podía dormir para toda la vida a un gigante y por eso se agrandó. Bailoteó por el terreno para recibir el aplauso de su gente durante lo que siguió del primer tiempo. Por eso en ese lapso, el estadio era un bullicio en portugués, como para sostener a los que sostienen que la alegría brasileña vive en Río. Pero el carnaval no duró demasiado, le faltó condimentos y ambición. A Fluminense no le alcanzó con pagar medio pasaje. Y no le alcanzó por qué no se animó a ir a liquidar a Boca. Un Boca que se aferró a su convencimiento. Al convencimiento que exhibió durante todo el encuentro un Román que siempre tiene guardada una tiza para cuando la situación la requiera. Porque esa bocha fantástica únicamente pudo nacer del mejor sueño del “10”. Y solamente podía tener como destinatario un Rivero que necesitaba borrar su mala suerte. Él cometió la falta que derivó en el tiro libre de Fluminense. Y en él rebotó esa pelota de Carleto que descolocó a Orion. El uruguayo Silva, como esos extras que no se resignan a cobrar sólo un bolo, fue por toda la gloria. Con ojos bien abiertos siguió el movimiento esquivo de la pelota para hacer enmudecer a Río.
Atrás quedó sepultada la carambola de Carleto, que después de pegar en Rivero entró mansamente junto al palo derecho. Fluminense creyó que con una sola mano podía dormir para toda la vida a un gigante y por eso se agrandó. Bailoteó por el terreno para recibir el aplauso de su gente durante lo que siguió del primer tiempo. Por eso en ese lapso, el estadio era un bullicio en portugués, como para sostener a los que sostienen que la alegría brasileña vive en Río. Pero el carnaval no duró demasiado, le faltó condimentos y ambición. A Fluminense no le alcanzó con pagar medio pasaje. Y no le alcanzó por qué no se animó a ir a liquidar a Boca. Un Boca que se aferró a su convencimiento. Al convencimiento que exhibió durante todo el encuentro un Román que siempre tiene guardada una tiza para cuando la situación la requiera. Porque esa bocha fantástica únicamente pudo nacer del mejor sueño del “10”. Y solamente podía tener como destinatario un Rivero que necesitaba borrar su mala suerte. Él cometió la falta que derivó en el tiro libre de Fluminense. Y en él rebotó esa pelota de Carleto que descolocó a Orion. El uruguayo Silva, como esos extras que no se resignan a cobrar sólo un bolo, fue por toda la gloria. Con ojos bien abiertos siguió el movimiento esquivo de la pelota para hacer enmudecer a Río.
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Saludos a toda la comunidad bosterita.

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