7 de septiembre de 2016

Una investigación de otro mundo

La semana pasada, un equipo internacional de astrónomos anunciaba el hallazgo de un nuevo planeta que orbita fuera del sistema solar y que podría albergar formas de vida. El físico y astrónomo Pablo Mauas cuenta todo acerca de esta joya del universo.
› Por Pablo Esteban
Hace tan solo una semana, por intermedio de la revista Nature, un equipo internacional de astrónomos y especialistas liderado por Guillem Anglada-Escudé –investigador barcelonés de la Universidad Queen Mary de Londres– anunciaba el hallazgo de Próxima b. Se trata de un planeta rocoso que, según se estima, posee 1,3 veces la masa de la Tierra (medida denominada “masa mínima”) y orbita alrededor de Próxima Centauri, la estrella más cercana al sistema solar. Según datos aproximados, su año dura apenas 11,2 días.
Gracias a los telescopios del Observatorio Europeo Austral (ESO) (emplazado en Chile) se logró determinar que el nuevo mundo se ubica en la denominada “zona de habitabilidad”. Esta condición promovería las características necesarias para una temperatura adecuada e incrementaría las chances de encontrar agua en estado líquido y formas de vida. ¿Cómo se explica esto? La ecuación es muy sencilla. En comparación, Próxima b se encuentra mucho más cerca de su estrella (8 millones de km) que la Tierra del Sol (150 millones de km). En este sentido, aunque la asociación lineal invitaría a comparar al planeta con el mismísimo infierno, su estrella presenta características muy distintas al Sol: tiene un 5 por ciento de su masa y es menos luminosa.
Pablo Mauas estudió física en la Universidad de Buenos Aires y luego realizó estudios de posgrado en la Universidad de Harvard. En la actualidad, dirige el grupo de Física Estelar, Planetas Extrasolares y Astrobiología del Instituto de Astronomía y Física del Espacio (IAFE-Conicet-UBA). Sigue la pista de Próxima Centauri desde 1999 y admite estar “cada vez más desolado y estrellado” porque ya no le dedica tanto tiempo al Sol como cuando era joven y hace décadas se encuentra atrapado en el examen de otras estrellas.
En esta línea, analiza las características del nuevo mundo y evalúa la hipotética existencia de agua líquida en relación sus condiciones climáticas. “Próxima Centauri es mucho más chica y menos brillante que el Sol –señala–. Por eso, la energía y la luz que irradia calienta a Próxima b más o menos lo mismo que la luz que se dirige del Sol hacia la Tierra. Se puede calcular que la temperatura de ambas superficies será parecida”.
Desde aquí, si bien el nuevo planeta podría tener –según meras aproximaciones– unos 40° bajo cero, de existir una atmósfera, mejorarían las condiciones y habilitarían el desarrollo de un espacio más acogedor. Así, “como toda la vida que conocemos se basa en el agua, no imaginamos que puede haber existencia alguna sin ella. Si hubiera agua en Marte, por ejemplo, estaría congelada del mismo modo que en Venus estaría evaporada”, explica.
Por otra parte, existen algunos inconvenientes –asociados a la naturaleza de la estrella– que un cuerpo celeste como Próxima b podría afrontar. En primer lugar, Próxima Centauri es una enana roja, y por lo tanto es pequeña y su comportamiento es errático. Desde aquí, presenta un nivel de radiación muy superior al que emite el Sol y se caracteriza por una superficie colmada de explosiones. “Las fulguraciones de Próxima Centauri podrían impactar en el planeta y ocasionarían la emisión de una luz muy potente, hasta cinco veces más de la que recibe en situación normal. Son fenómenos corrientes que dificultarían la habitabilidad del mundo”, afirma.
El segundo problema se explicaría por la sincronía entre el movimiento que realiza el planeta cuando gira alrededor de la estrella y cuando lo hace sobre sí mismo. “La sincronía implicaría que Próxima b le presentase siempre la misma cara a Próxima Centauri, del mismo modo que nosotros siempre observamos la misma cara de la luna –subraya Mauas–. Por eso, una cara estaría siempre muy caliente y la otra mucho más fría. Esto complicaría la habitabilidad”.
Si bien en el último tiempo se observó una gran cantidad de exoplanetas distribuidos por la galaxia, el hallazgo de Próxima b es significativo porque se ubica a tan solo 4,2 años luz de distancia, una medida que equivale a 40 billones de kilómetros. Este dato permite fabular con el envío de sondas robóticas y el desarrollo de una nueva generación de telescopios ya que las enanas rojas, por su luz tenue, no pueden ser observadas a simple vista. Sin embargo, hay que ser cautos: pese a la cercanía cósmica, la visita del nuevo mundo se torna imposible, al menos en el corto plazo. “Si la NASA o alguna institución con muchísima plata se propusiera enviar una sonda, se podría explorar el proyecto y creo que podrían lograrse resultados muy positivos. Se necesitaría de una sonda que viajase a un quinto de la velocidad de la luz para alcanzar el destino en un poco más de 23 años. De todos modos la información llegaría en unos 30 años. Hoy en día ningún plan supera la ciencia ficción”.
Hasta al momento, Kepler-452b –ubicado a 1400 años luz– era el exoplaneta más cercano al sistema solar. La proximidad de este nuevo mundo brinda la posibilidad de profundizar los estudios vinculados al campo de la física estelar y la astrobiología. Solo se trata de seguir la pista extraterrestre, pero no demasiado lejos. No vaya a ser cosa que la solución esté, finalmente, a la vuelta de la esquina (o a la vuelta del sistema solar).

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