El propio verdugo
Rafael Bielsa
Marcos Azambuja, secretario general de Itamaraty y embajador de Brasil en Buenos Aires y París, sintetizó con claridad la visión estratégica brasileña sobre la relación bilateral cuando afirmó: “Una Argentina rica, próspera y fuerte nos conviene. Yo soy profundamente proargentino porque soy profundamente probrasileño” (GloboNews, octubre de 2023). Figura emblemática de la diplomacia clásica brasileña —uno de los últimos “barones” de la Casa de Rio Branco—, Azambuja combinaba un sólido tradicionalismo con curiosidad por lo nuevo. Su estilo, elegante e irreverente, expresaba la “paciencia estratégica”: la disposición a tolerar las dificultades de la contraparte cuando el objetivo de largo plazo justifica la espera (Juan Gabriel Tokatlian). Durante años, Brasilia la practicó frente a una Argentina por momentos errática, proteccionista y a menudo imprevisible en sus compromisos internacionales. En ocasiones y respecto de algunos temas, Buenos Aires también lo hizo. Hoy todo indica que Brasil la ha dejado atrás.
La República Federativa se extiende sobre 8,5 millones de km² —el quinto país más grande del planeta— y concentra regiones ecológicas de valor estratégico como la Amazonia, el Cerrado, el Pantanal y una dilatada costa atlántica. Ese territorio le otorga un patrimonio ambiental de primer orden y una base geográfica para la proyección regional. Con más de 213 millones de habitantes (2026), es el séptimo país más poblado del mundo; más del 80 % de su población vive en ciudades, con metrópolis de peso continental como São Paulo y Río de Janeiro. Su economía, con un PIB nominal que supera los 2 billones de dólares, combina la industria (acero, cemento, vehículos, bienes de consumo) con la agricultura, situándolo entre las diez mayores economías mundiales. Para Itamaraty, que se concibe a sí mismo como el “foco” de un Brasil disperso, estos tres elementos —territorio, población y volumen económico— constituyen los fundamentos materiales de cualquier pretensión de actor global. El territorio garantiza soberanía sobre agua, biodiversidad y fuentes de energía; la población asegura un amplio mercado interno y fuerza de trabajo; el tamaño de la economía otorga capacidad de negociación y presencia en los organismos internacionales. Sin embargo, como bien han sabido los mejores diplomáticos brasileños, no se trata solo de números.
En Esplanada dos Ministérios–Bloco H, la dirección postal del Ministerio de Relaciones Exteriores en Brasilia, hay un mapamundi invertido, donde el Sur aparece arriba y el Norte abajo, desafiando la convención eurocéntrica. El planisferio fue lanzado por el Instituto Brasileiro de Geografia e Estatística (IBGE, Márcio Pochmann), y utiliza como proyección cartográfica Equal Earth (Šavrič, Patterson y Jenny, 2018), que busca representar los continentes en proporciones reales, corrigiendo las distorsiones de la clásica visualización de Mercator. Brasil está en el centro del mapa, que muestra una visión alternativa del orden mundial, reivindica el Sur Global y reposiciona simbólicamente a América del Sur en el debate internacional. El símbolo político-cultural evidencia que, para Brasil, su concepción de la grandeza no depende solo de la combinación de recursos materiales y humanos, sino también de su cultura y de su mirada de un lugar en el mundo. No es indispensable tener más volumen para ser importante, pero no es importante estar apresado en el propio vértigo, combinando sobreactuación con improvisación, desinformación y confusión. Cuando se agravia a Brasil, lo que está en juego es mucho más que el intercambio comercial.
Construir una sólida relación de política exterior exige una idea clara, no perder nunca de vista todo lo que está en juego y muchos años de esfuerzo. Para derrumbarla, en cambio, basta con una cabeza desordenada, varios disparates y un instante. Se alcanza un logro de largo aliento después de décadas; se retrocede de golpe y reconstruirlo lleva generaciones. Por esa lógica transitará la relación entre Argentina y Brasil.
Chile se ha retirado del Movimiento de Países No Alineados (NOAL), agrupación de 120 miembros de África, Asia y América Latina fundada en 1961. Espacios como el NOAL permiten mantener vínculos en regiones donde no es materialmente posible sostener embajadas y donde, por lo tanto, las relaciones bilaterales son mínimas, como ocurre en gran parte del África subsahariana y de Asia Central. En 2050, según las proyecciones más aceptadas, siete de las mayores economías del mundo serán no occidentales y solo una europea. Ese mismo año, África tendrá unos 2.500 millones de habitantes y uno de cada cuatro seres humanos será africano.
La Cancillería chilena argumenta que el Movimiento nació en otro contexto global y que ya no responde a los desafíos actuales. Sin embargo, pensadores como Jorge Heine advierten que la predictibilidad y la confiabilidad son activos diplomáticos centrales, que el acceso a las grandes ligas de la diplomacia está ligado a la coherencia con determinados valores, y que rendir pleitesía a los poderes momentáneos suele obtener de ellos mayor maltrato. No hace falta mirar muy lejos para comprobarlo.
Haber llamado al presidente Lula “ladrón” y “presidiario”, haberlo hecho durante el lanzamiento de la campaña de Flavio Bolsonaro y haber elegido como escenario São Paulo conforman una cataplasma de triple dimensión: a la máxima autoridad de un país, en un acto de su adversario político y en territorio nacional. Existe en Argentina la costumbre de relativizar los propios excesos cuando se encuentran precedentes en el exterior. No es un argumento válido.
Los choques entre Justin Trudeau y Donald Trump —aranceles, la provocación del “51º estado”, el apodo de “gobernador”— deterioraron la relación, pero no provocaron el retiro ni la expulsión de embajadores. Tampoco lo hicieron las tensiones entre Macron y Meloni, entre Erdogan y Macron (aunque Francia sí llamó a consultas a su embajador en 2020), ni los roces entre Netanyahu y Trudeau. Incluso cuando Alemania retiró temporalmente por una semana a su embajador en Rusia en 2024, lo hizo por un ciberataque atribuido erróneamente a Moscú, no por un insulto verbal.
Parafraseando a Ortega y Gasset, hay argentinos que no saben lo que les pasa, y eso es precisamente lo que les pasa.
Decir guarangadas no significa que las vulgaridades no tengan objetivos. En el caso de nuestro deslenguado, menos una apuesta al triunfo del hijo de Bolsonaro que implorar un liderazgo dentro de la corriente de gobiernos y partidos de derecha que se alinean con Donald Trump en América Latina. Quienes disfrutan del fútbol, este episodio y la cercanía del Mundial 2026 tal vez les hayan traído a la mente una anécdota casi legendaria del fútbol argentino. En 1995, River Plate jugaba las semifinales de la Copa Libertadores contra Atlético Nacional de Medellín. Gabriel Amato quiso definir una jugada con la técnica atribuida a Ricardo “Beto” Infante (1948): se cruza la pierna con la que se patea, por detrás del pie de apoyo. Años después, en una entrevista, Amato recordó el episodio con esta frase: “Si le hacía el gol de rabona a Higuita iba al Milan y no al Hércules”. No fue gol, no fue al Milan. En 1995, el embajador de Brasil en Argentina era Marcos Azambuja y nuestro presidente era hincha de River; tal vez hayan visto el partido.
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