24 de noviembre de 2013

Cambian los nombres, no la política

La presidenta cambió el Gabinete, para ampliar la base de su gobierno. La sociedad Capitanich-Kicillof: cuando el límite es el ajuste.

Después de 47 días, Cristina Kirchner reapareció en público. No volvió "un trozo de ella", como aventuró el consultor Jorge Giacobbe desde las páginas de Clarín, hace una semana. Volvió entera a tomar el timón de su gobierno, tras una sorpresiva irrupción en Twitter, filmada por su propia hija Florencia. 

En la jura de nuevos ministros, vaciló un poco, con la voz emocionada, envuelta además en el protocolo que marcaba el escribano Natalio Echegaray. Pero de inmediato habló ante sus militantes durante 40 minutos en los patios internos de la Casa Rosada. No quedaron dudas entonces: Cristina sigue siendo Cristina. Al segundo día, estaba reunida en la Quinta de Olivos con Martín Sabbatella monitoreando la aplicación de la Ley de Medios.
Los cambios que produjo en su Gabinete tienen múltiples lecturas. Algunos, como Carlos Kunkel, dicen que obedecieron al resultado electoral. "Perdimos un millón de votos", se justificó el diputado reelecto, viejo compañero de militancia de Néstor y Cristina, para explicar las partidas de Juan Manuel Abal Medina, Hernán Lorenzino, Mercedes Marcó del Pont y Guillermo Moreno. "Se viene una etapa racional", vaticinan los consultores del establishment, ambivalentes, un poco desorientados, mecidos entre la felicidad de la profecía autocumplida y la desconfianza hacia un gobierno que en todos estos años, cada vez que cambió, no lo hizo en defensa de los intereses corporativos, ni de sus presupuestos ideológicos, ni de sus deseos, sino que acrecentó la intervención del Estado en procura de un mayor control de la economía y de la distribución del ingreso.
La militancia quedó a dos aguas. El shock de la salida de Moreno, símbolo de la lealtad al proyecto político inaugurado por Néstor Kirchner, dejó desconcertado a más de uno. La personalización de las políticas públicas tiene ese efecto desconcertante. Tal vez quien suplante a Moreno haga las mismas cosas, sólo que de un modo diferente. Pero Moreno era, para la consecuente militancia kirchnerista de todos estos años, un fetiche que en sus voluptuosas y airadas formas adquiría la voluntad de un titán que podía enfrentarse a todo, incluso a sus propios errores.
Decir que defendió el bolsillo de los trabajadores mejor que Hugo Moyano frente a los formadores de precios lo eleva a la categoría de mitológico personaje de este tercio último de la democracia, lo cual es mucho hablando de un secretario de Comercio, y decirlo al mismo tiempo que se admite cierto agotamiento de una fórmula que fue exitosa pero comenzó a crujir finalmente, es un homenaje a sus insobornables virtudes pero también responder con inteligencia táctica a una verdad superior, la de los hechos.
Cuando Jorge Capitanich advirtió que, ahora que Moreno no está, no se viene un "viva la pepa", le estaba haciendo un sentido reconocimiento: Moreno no se hizo el guapo con los más débiles, sino que le puso límites a la voracidad de los grupos empresarios. 
El desafío del kichnerismo gobernante es transformar eso que hacía el secretario que parte a Roma en una política realmente consistente y no en un esfuerzo fruto del coraje personal de un funcionario aislado. Algo así como salir del superhéroe y avanzar hacia la certeza institucional de carácter colectivo. Tamaña prueba.
De ser cierto lo que Kunkel dice, la lectura de Cristina Kirchner sobre los resultados electorales pondría en las cabezas de Moreno y los funcionarios salientes alguna responsabilidad por la derrota. Tal vez no sea tan así. Los números fueron los esperados. Las supremacías parlamentarias están garantizadas. Quizá Cristina esté curándose en salud, pensando más en los dos años que faltan para terminar su mandato y un poco más allá, y no tanto en lo que pasó, que es pasado, como Martín Insaurralde, que ahora pasea con su novia por Miami, después de abrazarse con Sergio Massa, que a su vez viajó a España a abrazarse con Mariano Rajoy, que es el pasado en términos económicos. A propósito: esa foto no es la imagen del diálogo, ni la escultura humana que muestra el fin de las diferencias entre "Argen" y "Tina"; es una patada a los ojos de miles de pibes que pegaron carteles y fueron amenazados por patotas nocturnas mientras duró la campaña para que el intendente de Lomas pasara de desconocido a conocido, de ser nadie a ser algo. Su pago simbólico es de una mezquindad difícil de explicar.  
Volviendo a los cambios en el Gabinete, de Juan Manuel Abal Medina a Jorge Capitanich lo que cambia es que la presidenta decidió que los gobernadores oficialistas tengan hoy un mayor protagonismo en el dispositivo político que la sustenta. Esto no constituye una crítica personal a Abal Medina, un funcionario que no dormía para que al gobierno le salieran bien las cosas e incorporó la modernidad juvenil y el profesionalismo al funcionamiento estatal de estos años, territorio difícil y empedrado si los hay, donde la cultura dictatorial primero y el neoliberalismo en los '90 dejó indescriptibles secuelas. 
Es más bien una decisión táctica, la de su salida al Chile de Bachelet, para no abandonar el rumbo estratégico. No por eso, menos dolorosa. Corresponde decirlo: su apellido es un linaje peronista indiscutible y su papel junto a Néstor Kirchner en Unasur, la de un militante convencido de la unidad latinoamericana.
Si en la Jefatura de Gabinete hubiera estado Juan Pérez, habría tenido que partir igual. No se juzgaban antecedentes, ni los esfuerzos denodados, ni lealtades previas: lo que cambió es la valoración de los gobernadores exitosos, a los que Cristina decidió incorporar ahora al gobierno para que la ayuden a frustrar el entrismo corporativo en el peronismo del cual Massa es su emergente más rutilante, con alguna capacidad de daño a la alianza que mantiene la gobernabilidad del proyecto político inaugurado en 2003. 
Si Capitanich no fuese el nuevo jefe de Gabinete, ¿cuántos de los gobernadores triunfantes seguirían siendo oficialistas dentro de dos meses? Tal vez, todos. O quizá ninguno. Con la decisión presidencial, de seguro, la lealtad de los mandatarios provinciales se cotizó muy alto.
Lorenzino se quería ir. La tarea que le asignaron es más difícil que la que tenía, evitar el estrangulamiento externo de las finanzas nacionales, pero sin duda estará más cómodo ahora. Sabe mucho de eso. Lo demostró con el reciente acuerdo en el CIADI, lo lleva adelante con el juicio de los fondos buitre en Nueva York, y normalizar la deuda con el Club de París es un objetivo importante que le encomendaron. 
Lorenzino debe garantizar que si Argentina vuelve a tomar crédito externo para obras de infraestructura y sostenimiento de las reservas, lo haga a tasas razonables, que tengan que ver con el comportamiento de su macroeconomía, y no con el castigo político del sistema por su autonomía soberana recuperada con el kirchnerismo en el poder.
La llegada de Axel Kicillof es realmente trascendente. Desde el radical José Vital Sourrouille, pasando por el neoliberal Domingo Cavallo, que el Palacio de Hacienda no tenía al frente a un teórico de la ciencia económica. 
En este caso, además, un teórico que reivindica la intervención del Estado para garantizar la inclusión social. Un heterodoxo que 
no negocia nivel de empleo, tasa de actividad, merma del mercado interno y que rechaza el ajuste convencional para combatir lo que algunos llaman variación de precios y otros inflación. 
Es, doctrinariamente hablando, el economista kirchnerista por excelencia. No tiene una mirada de parches, se trata de un sistémico que pone en tela de juicio todas las teorías preexistentes, es decir, los lugares comunes del mercado, del empresariado e, incluso, de los economistas afines al gobierno. Le gusta hablar de competitividad según cada área, de las cadenas de valor, de la concentración y de la tasa de ganancia. Nada de lo que dice cae bien entre los sectores corporativos, pero se ganó el respeto de muchos de ellos: saben que habla en serio. Porque cree, y habla con el corazón y con el bolsillo, a la vez.
El tándem que hacen con Capitanich es interesante. Al nuevo jefe de Gabinete le gusta hablar de números, es un fiscalista, lo atrae el cuaderno Gloria, quiere saber qué sale y qué entra en las arcas, interpreta los presupuestos, y además tiene experiencia de gestión en el Estado, en este caso del Chaco. 
Con un ojo en las finanzas y otro puesto en el armado político, decidió hablar todas las mañanas y aprovecha que los gobernadores lo sienten propio. Su impulso le extiende a Cristina una revitalización en la gestión atendible, esperable, de cara a los dos años que empezaron ahora. 
Capitanich sabe mejor que nadie que si las cosas le salen bien y no traiciona las expectativas presidenciales, es un candidateable para 2015. Esa legítima aspiración debería funcionar en los hechos como un ordenador de todo el espacio que representa y hoy tiene lugar en el gobierno, gracias a Cristina, que lo convocó.
Los que ya hablan de una pelea sórdida con Kicillof por el manejo futuro del poder se equivocan. Entre el '95 y '98, Capitanich fue subsecretario de Coordinación Técnico–Administrativa de la Secretaría de Desarrollo Social y Kicillof, por entonces un brillante estudiante de Economía especializado en Keynes, uno de sus asesores clave. 
Dos años después, Kicillof trabajó para la consultora M-Unit, fundada por Capitanich. Juntos escribieron el libro Federalismo Fiscal y Coparticipación Federal, en el '99. No piensan igual en todo, pero se entienden bastante, tomando en cuenta que uno expresa al peronismo conservador del interior y atravesó como funcionario los gobiernos de Menem, Duhalde y Kirchner; y el otro la heterodoxia económica, política y cultural del último kirchnerismo, el más audaz en términos ideológicos.
Cristina eligió a dos que pueden entenderse. A Capitanich le asignó una tarea política y de comunicación superlativa. A Kicillof le 
desmalezó toda el área económica para que haga y deshaga según su convicción. El primero sabe que tiene que garantizar la gobernabilidad, el segundo impedir cualquier solución que huela a ajuste. Ahí es donde se acaba todo el pragmatismo.
Mientras tanto, Cristina Kirchner gobierna y la oposición vegeta.  -<dl
 
 
Carrió no es nazi, es banal
La DAIA (Delegación de Asociaciones Israelistas Argentinas) salió al cruce de Elisa Carrió por sus declaraciones donde comparó a Adolf Eichmann, cerebro de la desaparición de 6 millones de judíos en campos de concentración del nazismo, con el ex secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno. Hace ya un tiempo largo que Carrió descarriló. Su afán por ocupar espacio en la agenda pública con afirmaciones escandalosas es un clásico. Una denuncia por aquí, otra por allá, es su manera de hacer política. El electorado porteño decidió premiarla hace poco. Eso no habla de Carrió, habla de los porteños que eligieron acompañarla con su voto. Pero hay cosas con las que es imposible meterse y salir indemne. El Holocausto judío, la Shoá, es la mayor tragedia de la humanidad. Usar cualquiera de sus símbolos para dirimir pleitos parroquiales, es una ofensa grave. Aun el más polémico de los funcionarios de un gobierno democrático, desde una mirada opositora, es imposible de asociar con los criminales que llevaron adelante el mayor exterminio del Siglo XX. Cuando eso se hace, y además se hace de modo alegre como Carrió lo hizo, la que pierde es la autora de la afirmación y también las políticas de Memoria, Verdad y Justicia impulsadas por los que trabajan de modo incansable para que un genocidio de esas características no vuelva a repetirse nunca más creando conciencia. Convertir a los protagonistas de una masacre en sujetos cotidianos promueve una mirada superficial sobre situaciones excepcionalmente trágicas que trascienden la lógica de lucha política en sociedades avanzadas. Ni Moreno es Eichman, ni Carrió es nazi. De la diputada eternamente reelecta, sí puede afirmarse que es banal, extremadamente banal. Lo dijeron las autoridades de la DAIA. Suscribimos. 
 
 
Clarín llega al directorio de la afsca
Gerardo Milman es el candidato del FAP para ocupar uno de los sillones en el directorio de la AFSCA. Sus antecedentes en comunicación son escasos, más bien nulos. Pueden leerse en las solicitadas que se están publicando en los diarios las últimas semanas, donde aparece la mayoría de las veces defendiendo al Grupo Clarín SA contra la aplicación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Milman fue defensor de Fibertel SA, de Cablevisión SA, y la mayoría de sus intervenciones están avaladas o suscriptas por la Fundación LED –creada por la ex diputada radical Silvina Giúdice, para petardear desde la óptica de Clarín la nueva ley que vino a remplazar la norma de la dictadura cívico-militar–, y la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), que agrupa a las patronales hemisféricas que combaten a los gobiernos democráticos desde el viejo paradigma que consideraba la información como una mercancía. 
Algo hay que reconocerle a Milman: fue un soldado leal a los medios concentrados y hasta donde pudo, como diputado con mandato a vencer el 10 de diciembre, batalló contra el articulado antimonopólico de la 26.522, finalmente confirmado por el histórico fallo de la Corte Suprema que dijo que toda la ley era constitucional. 
Pero Milman se quedaba sin trabajo, al igual que Giúdice, pese al centimetraje que ganaron en Clarín y La Nación por los servicios prestados a la causa de Héctor Magnetto. Y la ley que tanto combatió, creó un cargo en la AFSCA, que el FAP decidió entregarle para salvarlo de la desocupación. 
Se quedaba sin trabajo porque la gente no lo votó y ganaría ahora un nuevo puesto y un nuevo salario para expresar la voluntad del Grupo Clarín SA en el directorio del organismo democrático que debe velar por el cumplimiento de la ley que viene a adecuarlo después de cuatro años de dilaciones. Son las vueltas de la vida. Cristina Kirchner tiene la última palabra, pero hasta donde se sabe, su postulación sería finalmente autorizada. 
En adelante, que nadie se haga el distraído: Clarín va a tener voz y voto en el directorio de la AFSCA gracias a Gerardo Milman. Su voz allí será la de Magnetto.
 
 
Dos estoicos militantes
Entre las arduas tareas de un conductor político, la de cambiar para no traicionarse a sí mismo debe ser de las más difíciles. Es un escenario que pocos entienden porque son pocos los que conducen. La multitud opinante está desprendida de la responsabilidad de gestionar, no le atañe directamente. Pide, exige, demanda, quiere, desea. Avala o rechaza. Levanta o baja el pulgar. Apoya o deja de hacerlo. 
Para el kirchnerismo de los últimos tres años, las salidas de Juan Manuel Abal Medina de la Jefatura de Gabinete y de Guillermo Moreno de la Secretaría de Comercio Interior son una noticia agria. Simbolizan el desconcierto, la prevención natural ante una nueva etapa que comienza.
Eran dos funcionarios clave del andamiaje oficial, con estilos y modales diferentes, pero sin duda importantes en cada una de sus áreas. 
Dos estoicos, cuya entereza ante la adversidad fue puesta en juego más de una vez. Tras la muerte de Néstor Kirchner en 2010, Cristina tuvo en ellos la decisión y la lealtad que todo escenario complejo demanda, con una extraordinaria generosidad de su parte. 
Por razones tácticas, ahora abandonan la primera plana del gobierno, liberando espacio para otra apuesta, en una fase diferente.
Los secretarios y ministros suelen ser fusibles de una maquinaria mucho mayor, a la que habitualmente se la llama "proyecto". 
Los hombres, es sabido, ocupan el último lugar porque en el imaginario peronista antes están la patria y el movimiento, y este es indudablemente un gobierno peronista. 
Cristina Kirchner calificó de "militantes" a los ministros y secretarios recién llegados, en su reaparición en la Casa Rosada, tras 47 días de ausencia. 
La nominación también vale para los que ahora parten a Roma y Chile. Moreno y Abal Medina fueron y son eso: dos estoicos militantes que estuvieron donde debían cuando hizo falta.
Los que cuestionan sus méritos, aprovechando el innovador escenario donde aparecerían como perdidosos, no entienden y nunca entenderán que para los que creen en algo, la gloria o el llano son sólo recodos de un largo e interminable camino hacia un objetivo superior.
Que siempre da revancha.
Tiempo argentino

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