Incluso, referentes militares israelíes reconocen que no están haciendo nada para evitarlo. Hace sólo unos días, la organización Comandantes para la Seguridad de Israel, que aglutina a cientos de ex oficiales militares, de inteligencia y de la policía, escribió una carta al comandante del Comando Central, con copia a los titulares de Defensa y Seguridad, para denunciar “la actividad violenta y terrorista de alborotadores judíos contra los palestinos en los territorios de Judea y Samaria” (nombre bíblico con que las autoridades y gran parte de la sociedad de Israel se refiere a Cisjordania para reivindicar su reclamo).
"Estamos preocupados por lo que percibimos como el débil intento de las IDF (fuerzas armadas) de prevenirlo, frenarlo y enfrentarlo de manera real, y por la ausencia de un esfuerzo dirigido por la Policía israelí para enfrentarlo. Tenemos la clara impresión de que no se trata de un pequeño grupo de alborotadores o 'malas manzanas', por el contrario, parece que detrás de los incidentes hay un aparato organizado, institucional y reglamentado, con diferentes niveles de jerarquía operacional en el terreno. Este es un aparato con objetivos claros, cuyos propósitos es limpiar a las zonas de cualquier presencia de palestinos a través de amenazas, daño extremo a la vida y la propiedad, violencia extrema y pogromos reales", denunciaron en su carta, utilizando otra vez la palabra "pogrom". O, dicho más sencillo: cuatro ex generales israelíes denunciaron una limpieza étnica en Cisjordania.
Poco después de esta denuncia, se desató una ola de ataques por parte de soldados contra familias y civiles palestinos. Algunos quedaron grabados, otros fueron relatados por los sobrevivientes, como Jaled Bani Odeh, de 11 años, y Mustafa, de ocho, luego de ver cómo dos militares israelíes acribillaron el auto en el que viajaban junto con sus padres en Cisjordania. “Después de acabar con mi familia, se rieron de mí”, contó Jaled en referencia a los soldados.
Cada vez más ejecuciones extrajudiciales, ataques y amenazas quedan grabadas y son denunciadas públicamente. Pero la falta de consecuencias reales no hace más que empoderar a los violentos.
Este domingo, la organización pro palestina Good Sheperd Collective publicó en sus redes una carta en hebreo en la que 30 rabinos celebraban que "más y más áreas están siendo devueltas a las manos del pueblo de Israel" y pedían conseguir "la corrección fundamental del reconocimiento de la integridad de la tierra, el control total de la soberanía, la expulsión de los enemigos y el asentamiento en toda la Tierra Santa". Tanto el sábado a la noche como el domingo a la noche, hordas de colonos israelíes irrumpieron a más de una docena de pueblos palestinos en Cisjordania para incendiar autos y perseguir, golpear y amenazar a sus habitantes. Dejaron un tendal de heridos y los videos hasta se viralizaron en las redes. Los soldados israelíes, que están dispuestos a detener hasta niños palestinos con su mochila escolar por considerarlos sospechosos, una vez más no aparecieron y no hay ni un detenido.
El genocidio continúa en Gaza y cada vez menos pueden ayudar
La guerra contra Irán también terminó de sepultar la atención sobre la Franja de Gaza. Pese a que Trump y Netanyahu hablan del alto el fuego que comenzó a regir en octubre pasado, ni la ofensiva israelí ni el genocidio contra los palestinos se ha detenido. En menos de seis meses, Israel mató a casi 700 palestinos, que se suman a los más de 72.000 que habían sido asesinados en los últimos dos años.
Con la tregua que impuso Estados Unidos, los bombardeos y las masacres masivas dieron paso a una campaña de ataques de menor intensidad. Israel ya no derrumba edificios enteros, pero sí ataca con drones campos de desplazados y mata a adultos mayores, niños o mujeres que solo se estaban protegiendo del frío, las inundaciones o las tormentas de arena dentro de una carpa.
También sus soldados disparan todos los días a los hombres, jóvenes y niños que en busca de sus hogares destruidos, sus familias perdidas o, simplemente, de comida o agua, se acerca a la llamada línea amarilla. Parte del acuerdo de tregua de Estados Unidos es que Israel establecería una suerte de demarcación dentro de la Franja de Gaza para quedarse con una zona "libre de palestinos". Israel se quedó con el 58% de la franja, mientras que los más de dos millones de palestinos que ya vivían hacinados tuvieron que amontonarse en el 42% restante, la mayoría de ellos ya sin casas ni pertenencias.
Pero como ha demostrado la historia, Israel sabe cómo empujar los las líneas territoriales imaginarias. En enero pasado, la cadena británica BBC publicó imágenes satelitales que demuestran que las fuerzas armadas israelíes ya movieron la línea amarilla, demarcada con bloques de cemento, hasta más de 300 metros a lo largo de todo el perímetro. Puede parecer poco, pero en un territorio de 365 kilómetros cuadrados, reducido por la tregua a 153 kilómetros cuadrados, cada metro cuenta.
Israel tampoco cumple con la punto del acuerdo que demanda el ingreso masivo de ayuda humanitaria para terminar con la hambruna y las muertes por enfermedades o heridas curables. Pese a los reclamos constantes de la ONU y las organizaciones humanitarias que trabajan en el terreno, desde octubre, Israel sólo deja entrar cantidades limitadas de alimentos, agua y medicamentos. Ya no mueren todos los días niños y bebés de desnutrición, como sucedió el año pasado en el momento más dramático del bloqueo israelí, pero según la iniciativa internacional IPC 1,6 millones de personas (el 77% de la población) aún enfrentan un nivel "agudo de inseguridad alimentaria", entre los que destaca 100.000 en el nivel más crítico, es decir, en riesgo de hambruna.

Pese a esta crisis humanitaria, Israel está lejos de cambiar su estrategia militar. A principio de año, Israel ilegalizó a decenas de organizaciones humanitarias internacionales, incluidas aquellas que hoy atienden a miles de gazatíes heridos o enfermos que ya no tienen hospitales a donde atenderse porque Israel bombardeó y destruyó a la mayoría de ellos en la Franja. Esta decisión -que actualmente fue suspendida por la Corte Suprema hasta que defina su constitucionalidad- desató el rechazo de buena parte de la comunidad internacional. Sin embargo, el gobierno de Netanyahu sigue firme en su decisión, después de todo cuando acusó, bombardeó y luego ilegalizó a la principal agencia de la ONU para los refugiados palestinos, la Unrwa, el mundo no hizo nada.
El bloqueo militar, además, no permite que ingrese materiales de construcción ni maquinaría para remover las toneladas y toneladas de escombros que dominan gran parte del territorio. Israel destruyó barrios completos. Hay zonas donde no queda ni un edificio en pie, sólo escombros. Esto por un lado significa que hay miles y miles -algunos estiman que hasta 100.000- de cuerpos que siguen allí abajo y no pueden ser recuperados y, por otro lado, que los que se quedaron sin casa -se estima que más del 90% tuvo que abandonar su hogar y la mayoría no ha podido volver o no tiene a dónde volver- no tienen cómo tener un techo nuevamente. La única opción es conseguir una carpa en los masivos campos de desplazados, que se inunda cuando llueve, se congela en el invierno y se vuelve un horno insoportable en verano. Y aún así, las carpas se volvieron un beneficio que no alcanza para todos.
La estrategia de Gaza, ahora en Líbano
Son pocas las fotos que se conocen de la devastación de Gaza ya que Israel no permite el ingreso de periodistas internacional y mató a 274 profesionales locales desde el 7 de octubre de 2023. Pero los pocos reporteros que ingresaron junto con el ejército israelí a recorrer el casi 60% que de la franja que quedó del otro lado de la línea amarilla coinciden en una misma descripción: es tierra arrasada, no quedó ni un edificio en pie, todo fue aplanado y es como un gran mar de escombros. Esa es la imagen que ahora Israel quiere para el sur del Líbano.
Cuatro días después del ataque inicial de Estados Unidos e Israel contra Irán, el partido-milicia Hezbollah se unió formalmente a la guerra del lado de la República Islámica y atacó al territorio israelí, no sólo como solidaridad con sus aliados iraníes, sino como respuesta a lo que denunció como "15 meses de agresiones israelíes". De esta manera, Hezbollah hacía referencia al alto el fuego acordado en noviembre de 2024 que había puesto fin a una invasión israelí al Líbano y un intercambio de bombardeos.
Desde noviembre de 2024 a noviembre de 2025, la misión de paz de la ONU en Líbano (UNIFIL), documentó más de 7.500 invasiones israelíes del espacio aéreo libanés y cerca de 2.500 invasiones terrestres. La mayoría conllevó algún tipo de ataque, lo que fue calificado por miembros de Naciones Unidas como "una falta de respeto total por el acuerdo de alto el fuego". Solo en noviembre pasado, la ONU denunció cerca de 130 muertos civiles por estos ataques israelíes contra Líbano, la mayoría en el sur del país, en el Valle de Bekaa y en las afueras de Beirut, todas consideradas zonas con fuerte presencia de Hezbollah.

Como respuesta a la decisión de Hezbollah de sumarse a la guerra actual, Israel desató una ola de bombardeos aún más masiva y devastadora. En estas tres semanas, más de mil libaneses murieron, entre ellos 118 menores y 40 trabajadores de la salud; y más de un millón de personas ya tuvieron que abandonar su hogar, es decir, más del 17% de la población total del país. Del lado israelí, este domingo informaron del primer muerto por un ataque de Hezbollah al norte del país.
Mientras el mundo se pregunta cuál es el objetivo de Estados Unidos e Israel con Irán, el gobierno de Netanyahu dejó claro este domingo cuál es el suyo con Líbano. El ministro de Defensa Israel Katz aseguró que el premier dio la orden al ejército de acelerar “la destrucción de viviendas libanesas en las localidades de contacto para frustrar las amenazas a los asentamientos israelíes, de acuerdo con los modelos de Beit Hanoun y Rafah en Gaza”. Este modelo, continuó el ministro israelí, incluye destruir todos los puentes sobre el río Litani “para impedir el paso de terroristas y armas de Hizbollah hacia el sur”.
Beit Hanoun y Rafah fueron dos de las ciudades más destruidas de la Franja de Gaza por los bombardeos diarios de Israel, la primera en el extremo norte del territorio y la segunda, en el extremo sur. Ambas marcan los puntos de inicio y fin de la llamada línea amarilla, por lo que es una posibilidad que el plan israelí en Líbano sea hacer tierra arrasada del sur de ese país vecino para luego demarcar ese territorio, ocuparlo y controlarlo definitivamente.
Pero el modelo Gaza no termina allí. De la misma manera que lo hicieron en la Franja -de nuevo con pocas o ninguna consecuencia internacional-, ahora las fuerzas israelíes está atacando al sistema y los trabajadores de la salud y a instalaciones y miembros de la ONU. En otras palabras, las personas que, por un lado, tienen más chances de ayudar a la población local y, por otro, tienen más autoridad y recursos para denunciar los crímenes cometidos en estos ataques.
Por ejemplo, los bombardeos a edificios o zonas civiles. Como se acostumbró a hacer en Gaza, las autoridades israelíes sostienen que primero envían órdenes de evacuación y luego atacan. De esta manera, sostienen, limitan lo que consideran "daño colateral". Sin embargo, como demostró Gaza, es imposible evacuar barrios enteros por lo que se convierte en una medida vacía. La Comisión Internacional de Juristas, una organización con base en Ginebra que reúne a magistrados y abogados de todo el mundo, sumó otra dimensión en los últimos días: las órdenes masivas de evacuación de Israel son ilegales.
"Las órdenes de desplazamientos ilegales de Israel son masivas e irresponsables y causan un sufrimiento humano desproporcionado, violando el derecho humanitario internacional", sentenció el director de la organización para Medio Oriente y el Norte de África, Said Benarbia. "La comunidad internacional debe aplicar de inmediato la máxima presión para que Israel detenga estas violaciones y proteja a la población civil", agregó ante el silencio mundial.
Profundizar la guerra contra Irán y embarrar cualquier desescalada
Pero la atención de los gobiernos hoy está en la guerra con Irán y los efectos económicos que está provocando. Se trata de un conflicto cada vez más sangriento -mientras Teherán denunció más de 1.400 muertos y más de 3 millones de desplazados de sus hogares, Israel informó de alrededor de 30 fallecidos- que no para de expandirse a terceros países y hasta a territorios tan alejados como la isla Diego García en el medio del Océano Índico.
Pese a ello, el diputado Ze'ev Elkin, parte de la coalición oficialista que mantiene a Netanyahu en el poder, aseguró en una entrevista con la Radio del Ejército israelí hace sólo unos días: "Cada día de la campaña es una enorme bendición para el Estado de Israel." Según explicó, los israelíes no deben concentrarse en cuándo va a terminar la guerra, sino en cómo puede "extender y profundizar el daño". Una vez más, la destrucción masiva como objetivo.
Por eso, Israel no está meramente acompañando la aventura militar de Trump, como hicieron otros aliados en otras guerras lanzadas por Estados Unidos. Su objetivo, como lo demostró con algunos de sus últimos ataques, es garantizar que continúe. Así lo demostró el miércoles pasado cuando atacó el campo de gas más importante de Irán, South Pars, lo que provocó una represalia iraní contra el lado qatarí del campo.
El de Israel no fue un ataque más a la infraestructura energética de ese país y, por eso, el resto de la región y hasta indirectamente Trump lo reconoció como una escalada cuando expuso que había sido una decisión unilateral de Tel Aviv y que no se repetiría.
South Pars contiene las mayores reservas de gas del mundo y está situado off shore en el Golfo Pérsico entre el territorio de Irán y Qatar. Tiene gas para responder a la demanda global durante 13 años, lo que llevó ambos países a dejar de lado sus diferencias y acordar un esquema de explotación y exportación. Por eso, el ataque de Israel no fue inocente. Buscó detonar aún más los mercados energéticos internacionales y empujar a los países árabes del Golfo a tomar represalias contra Irán, algo que hasta ahora se negaron a hacer para evitar una mayor escalada del conflicto.
Desde Israel, la oposición aprovechó el momento para volver a acusar a Netanyahu de utilizar la guerra como una estrategia para seguir en el poder. "Netanyahu ha convertido a la seguridad nacional es una herramienta para su supervivencia política. En vez de conducir hacia un resultado decisivo y estabilizar la situación, está estirando la guerra porque si finaliza significaría elecciones y un cambio en el gobierno", aseguró el ex general y titular del partido Demócratas, Yair Golan, el miércoles pasado.
Al día siguiente, Netanyahu dio una conferencia de prensa en inglés en la que respondió a las críticas internas: "Tenemos que ser más poderosos que los bárbaros, sino van a tirar abajo nuestras murallas y destruir nuestras sociedades". Mirando a Gaza, Cisjordania y Líbano, sin embargo, es imposible no preguntarse quién son los bárbaros en esta historia.
El Destape