Cabo de miedo
Este tiempo da miedo. Miedo y terror, que no es lo mismo: el miedo tiene objeto, el terror es pura angustia que no encuentra palabras para definir cuál es el monstruo que acecha.
No creo que tenga mucho sentido enumerar las atrocidades de estos últimos meses, y las frutillas de todas las tortas que entre fin de año y estos escasos días del año nuevo han venido a sacudirnos. Como en esas películas en las que los protagonistas caen en un espiral de acontecimientos cada vez más espeluznantes, así andamos desde hace un tiempo. Lo que tal vez valga la pena, es pensar un poco este miedo, desbrozar el terror, a ver si podemos volver a habitar nuestro propio cuerpo con un poco menos de dolor. Ver qué hay debajo del agua, qué es lo que nos hace tanto mal, sin que podamos verle nunca la cara.
Ernest Hemingway acuñó la idea de una escritura que fuera como la punta de un iceberg. Contar unos eventos, aparentemente triviales, que sólo pueden tener existencia si debajo de la línea de flotación se oculta un pedazo de hielo capaz de convertir en tragedia al más opulento Titanic.
Río de dos corazones, el cuento con el que concluye su primer libro en 1927 –En nuestro tiempo-, nos muestra a un Nick, al que ya vimos crecer en otros relatos, que va a pescar. Solo, con su tienda de campaña y sus enseres de pesca, se interna en el bosque hasta llegar al río. No hay mucho más que un joven que se baja del tren, camina, arma su carpa, cena en el fogón, duerme, toma agua del río, pesca. Sin embargo, el daño de la guerra está ahí. En todo lo que no se dice. Lo que no dice el narrador y tampoco piensa el protagonista. El peso de ese silencio, es tan ominoso que torna siniestras hasta las panzas plateadas de los peces que saltan en el agua helada. Debajo de la línea de flotación, la experiencia de la guerra, gangrena hasta la diversión ingenua de un chico bueno que se va a tratar de conectar con la naturaleza.
Así, cualquier cosa que contemos sobre nosotres, sea la final del Mundial o un día de pic nic en la República de los Niños, también tiene una ponzoña. Me animo a decir que lo que está debajo de nuestra línea de flotación es el efecto, que nunca ha cesado, de la dictadura. Después de la muerte, la muerte sigue matando y matando. Un cuerpo muerto mata la misma idea de la existencia de ese cuerpo. Un cuerpo muerto, además, que sigue sin aparecer. Está muerto, sí. Pero no está. Lo que sí está, lo que no ha cesado nunca de estar, es el miedo. Y esa es la verdadera victoria del enemigo: hacernos creer que la violencia de las fuerzas represivas tiene relación con las acciones que se hagan para defender derechos, conseguir derechos, luchar contra el capital. “Algo habrán hecho”, instaló la dictadura. Y, hasta quienes sienten un revoltijo estomacal cuando escuchan esa frase, sienten cómo reverbera. Una versión política de “mirá cómo me ponés”, de “no lo provoques, si sabés que se pone nervioso”. Si nos pega la policía, es porque tiramos piedras. Piedras que no habría que haber tirado, y entonces se hubieran evitado los palos y los gases. Si hay palos y gases, pero no hay piedras, entonces se buscan todos los micrófonos para explicar que “no estábamos haciendo nada malo”. Entonces, tirar piedras al Congreso cuando se acaba de votar barbaridades, está mal. Si marchamos por la vereda, nos quejamos de que nos tiren encima los escudos porque “estamos respetando el protocolo”. Un protocolo antiderecho a la manifestación que no puede ser más ilegítimo. Pero hay que aclarar que somos buenos, buenos manifestantes, buenos protestadores, somos de una militancia buena y no violenta. No tenemos derecho a la bronca. O, más bien, tenemos derechos a una bronca civilizada y canalizada a través de cartas documento. Vemos por la tele a los agricultores europeos, enojados con la posible importación de productos desde Latinoamérica, tirar mierda a las instituciones desde un camión cisterna y nos da alegría, pero acá no nos animamos ni a arrojar bolsitas de arena de esas que llevábamos al jardín de infantes.
No quiero que se mal interprete: no estoy diciendo que falte coraje. Lo que quiero decir, es que sobra el miedo. Un miedo que ha penetrado sin que nos diéramos cuenta. En los momentos en los que muchas de las demandas de los Organismos de Derechos Humanos fueron políticas públicas, ese miedo no se combatió: se calmó. Nos convidaron una linda mediocridad en la que, si éramos buenos, si no volvíamos con esas tan violentas y disruptivas ideas de cambiarlo todo, podíamos vivir en paz. Otras, otros, siguieron viviendo muy mal, pero nosotres veníamos de haberlo perdido todo, y parecíamos merecernos esa tregua.
No quiero que se me entienda mal: fue lindo que durante un tiempo dejaran de amenazarnos de muerte. También fue hermoso poder hacer esas poquitas cosas que se pudieron hacer desde el Estado para mejorar la vida de la gente. Poquitas, en relación a lo que hace falta, pero muchas en relación a lo que nunca se había hecho.
Pero, ay, cuando el piso (que no nos maten, que podamos manifestarnos, que haya políticas públicas que tengan en cuenta las necesidades de la gente), se confunde con el techo, el enemigo se ensaña, y nos devuelve al sótano. Porque no habíamos tocado el cielo con las manos. Sólo nos habían permitido ponernos de pie.
Yo tengo miedo. Yo también tengo miedo. Tengo miedo de que me peguen, tengo miedo de que me maten como al señor de Lugano que, sin remera y en ojotas, reclamaba respeto para su hijo al que la policía estaba basureando. Tengo miedo de morir como la chica que estaba monitoreando el accionar de las fuerzas parapoliciales de Trump. Tengo miedo de que el agua sea veneno, los glaciares convertidos en zona comercial, la tierra explotada por dentro para sacarles los metales que le quedan. Quiero un mediocre mundo de mierda donde no se muera nadie. Donde las desigualdades sean igual de desiguales, pero no sea bien visto. Donde nuestro trabajo sirva para aliviar el malestar de vivir en el fondo del tarro. Ese mundo pequeño burgués y mentiroso que, como ya dijo Marx en El Capital, nos dan derechos políticos, pero nos escamotean los derechos económicos. Pero ese mundo ya no existe. El mundo de mierda en el que se podía, más o menos, prever las circunstancias de las muertes, ya se fue por la alcantarilla.
A lo mejor habría que hacerse cargo de que ese mundo de mierda que tanto nos gustaba, se fue al garete.
No estoy segura, pero a lo mejor no se puede hacer nada para vencer. Para vencer ahora. Pero, ¿vencer es la razón de luchar? La victoria nunca está asegurada. Nunca lo estuvo y nunca lo estará. A veces la victoria está tan lejos, que la lucha no es más que un imperativo ético. Hacer algo, porque no se puede no hacer nada. Porque hacer nada es hacer un montón de daño. Porque no se puede ver que la vida se escurre entre las manos y abrir más los dedos. Toca. Este es nuestro tiempo y toca.
Tener miedo es la esencia de nuestra existencia como seres vivos. Retraerse frente a la amenaza. Pero salgamos del terror –ése que impide pensar, poner en palabras- y veamos a qué le tenemos miedo. A la muerte, claro. Al dolor, por supuesto. ¿Y a la vergüenza? ¿Y a ser ese personaje horrible del poema de Brecht, ése que espera hasta el último e inútil minuto a que se lleven a todos los que no son él? ¿Y a ser ese vecino, esa vecina que vimos cerrar la ventana cuando se llevaban a nuestros seres queridos? Esas cosas, ¿no nos dan miedo?
Qué más quisiera que hacer resucitar a nuestro mundo de mierda. Habitar la mediocridad con la feliz idea de que las estadísticas están de nuestro lado, que ya perdimos un montón, que ya pusimos el cuerpo mucho más que casi todes, que no nos queda elasticidad en el músculo del dolor. Pero la verdad, es que más miedo a los golpes, tengo mucho miedo de que el miedo me impida ser quien soy, quien quiero ser.
No puedo. Quisiera, con una mano en el corazón, quisiera meterme debajo de las sábanas que todavía tengo, y esperar a que alguien pare el mundo para poder bajar. Pero no estoy lista para entregar mi cuerpo al dolor de que mis hijes tengan que pasar por esto. Tengo un cuerpo. Me costó mucho tenerlo, pero ahora lo tengo. Y quiero interponerlo entre la crueldad y nuestros cachorros. No como ofrenda, no para que le hagan daño. Porque, aunque cuesta deshacerse de la enseñanza de la dictadura, nosotres no ofrendamos nuestra vida, no tenemos la culpa de que nos hagan daño, no somos responsables de la crueldad del enemigo. Quiero arriesgar mi cuerpo a la alegría de decir acá estoy, acá estamos. Aunque tenga mucho miedo. O, más bien, porque tengo mucho miedo.
Porque la victoria no está asegurada. Pero la derrota, tampoco.
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