El tiempo oscuro de los leviatanes
Es catastrófico pero real. El “orden internacional basado en reglas” ha muerto.
El conjunto de normas e instituciones que reglamentaban gran parte de la convivencia entre estados nacionales ha sido enterrado por quien fue su creador: EEUU.
Desde 1945, las relaciones interestatales intentaron regularse por tres principios básicos: a) el respeto mutuo de la soberanía territorial de los estados; b) la aceptación compartida de que cada país debe resolver internamente sus asuntos políticos sin interferencia extranjera; c) la resolución pacífica de controversias entre estados (Carta ONU, art. 2). Ciertamente muchísimas veces no se cumplían, como con las invasiones norteamericana a Vietnam, Puerto Rico, Irak, Libia; rusas a Checoslovaquia, Hungría, o europeas en Yugoslavia, Afganistán, etc. Las grandes potencias, en función de intereses comerciales o geopolíticos, podían violar puntualmente esas reglas, pero era un destino-fuerza en torno a la cual se regulaban los vínculos y legitimidades de las acciones estatales.
Con la caída de la URSS en 1989, el “orden” se vio enriquecido con los soportes de la globalización en marcha: d) libre comercio para mercancías y capitales; e) protección de la inversión extranjera (norteamericana y Europa); d) cadenas de valor mundializadas; e) democracia y valores liberales expansivos. Se trataba de hacer negocios en cualquier lugar del mundo, pero con una dosis de hipocresía teatralizada (los llamados “valores” liberales), en aras de los juegos de legitimación ante las clases subalternas.
Hoy ese orden ha explotado en mil pedazos.
Primero fueron las fallas estructurales del hiperglobalismo que se manifestaron con una contracción sistémica del crecimiento económico y la dramática crisis financiera del 2008-2010. Silenciosamente, los flujos transfronterizos de capital comenzaron a retrotraerse al igual que las tasas de crecimiento del comercio mundial (BIS, 2024). Finalmente, fue el Estado, considerado un “arcaico” artefacto político, el que tuvo que salvar con emisión de dinero público a los “meritorios” inversionistas. En 2020, esta “flexibilización cuantitativa” llegó al 18% del PIB (FMI, 2022).
Y finalmente llego Trump, con su lenguaje básico, pero directo, y su caballería de impuestos a las importaciones, que terminó de trastocar todos los principios y “valores” compartidos. Comenzó a repartir aranceles a todo el mundo como quien reparte cartas marcadas de póker para luego negociar nuevas cartas, igualmente marcadas; hasta abatir uno por uno a todos los participantes.
En corto tiempo, todas las anatemas de la globalización se han puesto de pie y ahora son dominantes. Proteccionismo en vez de libre comercio. Subvenciones en vez competitividad. Endeudamiento público en vez de disciplina fiscal.
Todo ello supone una reorganización de los actores protagónicos de la economía mundial. Si antes eran los mercados anónimos los que redefinían los flujos de inversión, comercio y rentabilidad, subordinando a los estados a esa empresa; ahora serán los estados los que planificaran y utilizaran sus poderes monopólicos para que los capitales actúen y se enriquezcan.
La nueva regla del juego interestatal que hoy se impone es que no existen reglas. En este tiempo de transición liminal todo es lícito, en primer lugar y, sobre todo, la fuerza, la coacción y chantaje entre estados para imponer a los otros lo que los gobiernos, y las empresas cobijadas en él, necesitan.
Se trata de un orden salvaje donde los estados actúan como desenfrenados Leviatanes hobbsianos, lanzados unos contra los otros. La única barrera que se imponen es la que emerge de los límites de sus recursos y poder.
Ya no hay “valores” a los que adherirse o evocar su búsqueda. Ni democracia, ni derechos humanos, ni justicia. Solo el poder de la fuerza. El poder de ocupar. El poder de ganar. El poder de usurpar. El poder rentabilizar. El poder de humillar y someter. Y, el poder preferido de Trump, de infundir miedo a los demás (NYT, 4, II, 2020). “America First”, sin importar los acuerdos, las lealtades, la historia, los pueblos, las personas que son aplastadas, pisoteadas y escupidas en el camino a la grandeza: “drill, baby, drill”.
Por eso al presidente Trump no le importa mantener el paraguas militar en Europa. No gana nada. EEUU pierde dinero. Más rentable es venderles armas y gas a los atemorizados gobiernos europeos.
Por eso no le importa la integridad o adhesión de Ucrania a la OTAN. Rusia no es un adversario a temer para EEUU, y Ucrania importa si se puede apoderar de sus tierras, de sus minerales y, ante todo, recuperar los más de 100.000 millones de dólares que Biden les entregó.
Por eso Alemania desempolva su viejo casco armamentista prusiano, cambia instantáneamente su constitución y libera un “gasto público sin límite” para “hacer grande” a su ejército. Y les dice a todos que ese es el “nuevo” europeísmo.
Por eso cuando EEUU interviene militarmente Venezuela y secuestra al presidente Maduro no simula acudir a ninguna convención internacional. Mucho menos a la ONU que se ha convertido en una oenegé de piadosos debates. Lo ha hecho porque simplemente tiene el aparato militar para hacerlo y lograr con ello que las reservas petroleras venezolana sean asignadas para el usufructo de empresas petroleras norteamericanas. Y punto. No hay hipocresía. No hay justificación. Hay exhibición simple, pura y desvergonzada del poder de Estado para una expropiación económica.
Hemos entrado a un interregno internacional salvaje, regido por la ley de la fuerza de los Estados (económica y militar). No es un extravío temporal de Trump. No terminara cuando EEUU elija un nuevo presidente el 2028. Es la borrascosa transición, hacia un nuevo orden que aún tardara en llegar.
El que esta inflexión tome formas crueles y violentas carente de narrativas legitimadoras puede ser visto como el síntoma del crepúsculo de un régimen de dominación. En este caso del ciclo globalista (40 años) y del ciclo hegemónico norteamericano (100 años). Todo declive de una autoridad exacerba la desesperación de quienes lo usufructuaron, llevándolos a intentar detener lo inevitable de manera violenta. Pero también, la brutalidad es un síntoma del tormentoso nacimiento del orden nuevo. La coacción estatal desnuda es una característica propia de los tiempos liminales.
Y en medio de estas monstruosidades con la que están actuando los grandes estados, es posible distinguir el nacimiento de unos principios de regularidad que, de aquí a un tiempo, cimentarán el nuevo orden internacional:
1.- Los estados ya no son solo el soporte de la acumulación de los capitales, como lo fueron en el neoliberalismo; ahora son también parte del comando y reorganización territorializada de esa acumulación. Ya sea bajo la forma de Estado empresario (China), o como Estado incubador, protector y alimentador de “sus” empresas privadas en sus áreas de influencia (EEUU).
2.- Los estados del mundo se diferenciarán entre estados patrones y estados vasallos, según su capacidad infraestructural, su poderío económico, su cohesión política y logística militar. Los primeros, delimitando áreas de control y autonomía de las empresas que tienen residencia en sus territorios. Los segundos como proveedores de insumos.
3.- La soberanía ya no es un reconocimiento pactado por tratados internacionales. Es fuerza económica, sólida legitimidad interna, capacidad de defenderse y posibilidad de infringir daños a otros estados.
3.- La elasticidad de las fronteras regionales no dependerá de acuerdos comerciales, sino de oleadas de guerras arancelarias, chantajes geopolíticos e intromisiones en la vida interna de los estados.
Es un escenario de estados combatientes y estados sumisos según prioridades geoeconómicas.
*Artículo publicado en simultáneo con Diario Red de España.
El tiempo oscuro de los Leviatanes
Pagina 12
No hay comentarios:
Publicar un comentario