Acerca del 12 de octubre
Las razas no existen, pero que las hay, las hay
Cada 12 de octubre se pone en escena la conmemoración de uno de los genocidios más grandes de la historia de la humanidad: el exterminio de los pueblos originarios de Nuestra América. El desembarco de Europa trajo, además, la trata y la esclavitud transatlántica. El gobierno de Javier Milei decide que Argentina lo celebre como el Día de la Raza, porque con la “llegada de Colón llegó la civilización occidental a nuestro continente”.
El espíritu detrás de la celebración del Día de la Raza es la mirada del opresor y del colonizador. Es festejar la expansión que realizó Europa por la fuerza. Desde el punto de vista de los pueblos originarios y afrodescendientes, marca el inicio de un proceso histórico que los invasores llaman modernidad, de despojo y anexión de amplias extensiones de tierra por parte de las monarquías europeas, mediante la construcción de la categoría de raza, la racialización de las poblaciones y su jerarquización.
Esta categoría ubicó a Europa como la versión superior de la especie humana para justificar el sometimiento de los pueblos americanos, africanos y asiáticos, al tiempo que redujo a las poblaciones del África subsahariana a la categoría de lo no humano, sosteniendo siglos de esclavitud y la acumulación primitiva de capital a costa de tratar a millones de personas como bienes muebles. La raza ha sido, en esencia, el gran dispositivo de control social y opresión desde entonces.
Desde el punto de vista biológico, a partir de la segunda mitad del siglo XX existe un consenso científico que ha establecido que las razas no existen y que la especie humana es una sola. ¿Por qué hablar de raza, entonces? Porque la raza, como construcción política y social, sigue operando y sigue estructurando las desigualdades del mundo contemporáneo. La raza determina, en la práctica, quiénes van presos, quiénes acceden a un plato de comida o quiénes ocupan los empleos más precarizados. No hablar de raza es no reconocer el rol que sigue teniendo el racismo en la configuración geopolítica sobre quiénes son considerados superiores y quiénes son considerados inferiores, y por ende descartables. Por quiénes marchamos y por quiénes no. En última instancia, quiénes son considerados humanos y quiénes no.
En Argentina, el sesgo racista y supremacista forma parte de nuestra propia arquitectura institucional, tal como lo demuestra la vigencia del artículo 25 de la Constitución Nacional, que establece explícitamente que el gobierno federal fomentará la inmigración europea. Durante años, el 12 de octubre se conmemoró en nuestro país bajo el nombre de Día del Respeto a la Diversidad Cultural, con la excusa de la invalidez científica del concepto de raza humana y con el supuesto propósito de “promover la reflexión histórica, el diálogo intercultural y el reconocimiento y respeto por los pueblos originarios”. Sin embargo, la corrección política no trajo consigo acciones afirmativas para promover ese diálogo y poner en valor e igualdad de condiciones y respeto a las culturas originarias. En los hechos, el cambio de denominación sirvió sólo como validación de la autocomplacencia de las élites eurodescendientes “progres” y para que los niños en las escuelas sean puestos a repetir que en Argentina respetamos la diversidad cultural y los derechos humanos. Renombrar el genocidio como respeto a la diversidad cultural sería comparable a denominar el genocidio inaugurado el 24 de marzo de 1976, como el Día nacional del respeto a la pluralidad ideológica.
Esa moderación progresista, que en realidad enmascara la pertenencia racial de los responsables de las políticas públicas, le terminó poniendo la alfombra roja al retorno del Día de la Raza en una versión recargada. Hoy las ultraderechas globales siguen siendo racistas, aunque no hablen de razas, y vuelven a levantar sin tapujos la bandera del supremacismo occidental (occidente entendido como el binomio Europa-EEUU).
Quienes se oponen a discutir sobre la raza suelen ser aquellos que detentan el monopolio del discurso público, en las bancas del Congreso, en las cátedras universitarias, entre otros espacios, buscando proteger sus propios privilegios. Cuando el racismo no se nombra, la desigualdad termina explicándose falsamente a través de la narrativa de la meritocracia y se instala en la opinión pública. Mientras tanto, las mayorías racializadas padecen a diario esta estructura de opresión. Pero la meritocracia es una farsa y el racismo está más vivo que nunca.
Por un Día de la Resistencia Indígena
Por afrorreparaciones
Por plazas llenas el 12 de octubre y el 24 de marzo
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