21 de junio de 2013

Entrevista con el científico argentino que ayudó a combatir el SIDA

El médico Julio Montaner vivió el comienzo de la epidemia en Canadá y desarrolló el cóctel de drogas que ayudó a detener su avance. De paso en Buenos Aires por un congreso de la Sociedad Argentina de Infectología, habló con laRevista Veintitrés.


Por Jorge Repiso, Revista Veintitrés
Julio Montaner, eminencia argentina

Julio Montaner, eminencia argentina

Mira a su alrededor y reconoce que extraña su ciudad, Buenos Aires, a la que abandonó hace tres décadas. Vino para asistir a un congreso de la Sociedad Argentina de Infectología, y a recibir una mención en el Senado nacional. El doctor Julio Montaner fue a desarrollar su carrera médica a Canadá, y su desembarco coincidió con la noticia de una epidemia. El sida tomó por sorpresa a la comunidad académica, pero con el tiempo y gracias a las investigaciones, tuvo que ser tomada en serio. El Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida no tendría como destinatarios sólo a homosexuales y adictos, como se aseguraba entonces. Millones de personas morirían durante los primeros veinte años a partir de su descubrimiento. “Me fui quedando y todavía sigo viviendo allá. En 1981, los americanos empezaron a hablar de la epidemia rosa y me pareció otro invento de ellos, pero un profesor senior me convenció sobre la gravedad de lo que se venía. Empecé a ver a muchachos jóvenes con enfermedades oportunistas, entre ellas un tipo de neumonía, unos cinco casos por día. Morían por la reacción inflamatoria desproporcionada y entonces probamos con tratamientos inmuno supresivos. De repente, gente que se estaba muriendo comenzó a andar bien”. Montaner tenía suficiente experiencia como para volcarla a la lucha contra el virus HIV. “Cuando llegamos al año 1986 y se produce la aparición de la droga retroviral AZT, miraron a quién darle el departamento y me propusieron un programa de un año. Acepté y decidí enfocarme en el tratamiento retroviral”, recuerda. 
–¿Cómo llegó a la fórmula del cóctel?
–Habiendo hecho el primer estudio de AZT me dije que no funcionaría, que habría que hacer lo que hacían los tisiólogos como mi padre: combinar las drogas y encontrar el número mágico que iría a frenar el virus. Para el año 1992 nos había ido tan bien que fui al Instituto Nacional de la Salud de los Estados Unidos, donde quedaron impresionados. Dos años después me dieron chances de hacer un estudio: iniciamos un grupo de investigadores de cinco países y para 1995 dirigí lo que sería mi primer estudio grande e internacional.

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