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1 de diciembre de 2025

 La historia de cómo fue cambiando la República de los Niños


“Aprender a ser libres y soberanos”

Esta semana el parque cumplió 74 años como emblema de ideales democráticos del peronismo, disputas políticas y la vida cultural de La Plata. Las miradas de dos historiadores locales.

Juan Manuel Meza


La República de los Niños de La Plata, ubicada en la localidad de Gonnet, cumplió esta semana 74 años. Pensada como un espacio de formación cívica y democrática para niños y niñas, su historia condensa los vaivenes ideológicos del país. Desde su fundación por impulso del gobernador Domingo Mercante y el general Perón, hasta los intentos de privatización de manera definitiva y el abandono tras 1955, el parque pasó a ser mucho más que un paseo familiar. Se convirtió en un espacio donde conviven utopías, tensiones, memorias y disputas por el sentido, así lo explican dos historiadores locales en diálogo con Buenos Aires/12, mientras hablan del “país soñado” por Perón -en chiquito- que soportó todo tipo de embates.

El proyecto nació en 1949 y fue financiado por el Instituto de Previsión Social Bonaerense. Roberto Abrodos, historiador platense y responsable del sitio La Plata Ciudad Mágica cuenta que la iniciativa surgió con el objetivo de crear una ciudad para los chicos, y un espacio que los formara como ciudadanos. El Instituto Inversor de la Provincia ejecutó la obra bajo la mirada constante de Juan Domingo Perón, quien imaginaba un futuro con una ciudadanía joven comprometida con el sistema democrático, según los registros históricos.

La construcción comenzó ese mismo año, con más de 1600 obreros trabajando en un predio de 53 hectáreas que había pertenecido al Swift Golf Club. El diseño fue responsabilidad de los arquitectos Lima, Cuenca y Gallo. La inspiración combinó fuentes diversas como los cuentos de Andersen, los hermanos Grimm y leyendas medievales europeas. La ciudad fue dividida en zonas urbana, rural y deportiva, y contó con edificios a escala infantil que reproducían los tres poderes del Estado, además de banco, museo, iglesia, estación ferroviaria, cárcel, radio y un lago navegable.

El día de la inauguración fue el 26 de noviembre de 1951 y contó con un marco multitudinario. Estuvieron presentes Perón, el gobernador Mercante, el gobernador electo Carlos Aloé, ministros, docentes y alumnos de escuelas públicas. Fue entonces cuando el presidente pronunció su frase que aún se recuerda en las paredes del predio: “Que en esta República de los Niños aprendan los argentinos a ser justos, libres y soberanos, para que nunca puedan aceptarse la explotación de los hermanos, la sumisión económica y el vasallaje político”. Posteriormente, el general deslizó la frase “los niños son los únicos privilegiados”, que luego se imprimió en los folletos de promoción del parque. Esas palabras quedaron impregnadas como slogan de la misión fundacional del parque, pese a los vaivenes políticos que sufriría después.

La ceremonia también incluyó la presentación del primer Gobierno Infantil. Estuvo formado por los estudiantes con mejores calificaciones de la Escuela Nº 19 de La Plata. Su presidente fue el niño Eduardo Bertolo, de 13 años, quien además pronunció un discurso inaugural. Según Abrodos, ese mismo niño protagonizó un episodio que resumió el espíritu del proyecto. Al ser cuestionado por adolescentes con burlas, Bertolo les respondió: “Si se animan a ponerse pantalones cortos, podrán entrar a la República de los Niños y ser como todos nosotros”.

En palabras de Nicolás Colombo, investigador platense, la idea también buscaba afianzar la relación entre Perón y Mercante. Fue, además, un proyecto a mayor escala que retomó experiencias anteriores como la Ciudad Infantil creada por la Fundación Eva Perón en Capital Federal.

El golpe del 55 que pateó el tablero del parque y su posterior transformación

Colombo comenta a Buenos Aires/12 que, por ser un símbolo del peronismo, la República fue abandonada tras el golpe de 1955 y su nombre fue reemplazado por el de País de los Niños.

Abrodos coincide en que todo lo realizado durante el primer peronismo fue puesto en cuestión. Durante la dictadura autodenominada Revolución Libertadora, el parque fue dejado de lado y su misión pedagógica desactivada. Con el fin de los Juegos Evita y la baja de programas de turismo social, el predio perdió casi todo su protagonismo y prácticamente salió de la vida cotidiana de los platenses y vecinos aledaños.

Durante 1973, fue brevemente ocupado por organizaciones como Montoneros como señal de protesta por su estado de deterioro. Más tarde, en 1979, el decreto ley 1294 transfirió el terreno a la Municipalidad de La Plata. El intendente Alberto Tettamanti decidió su privatización y adjudicó la administración a la empresa Zanón Hermanos, que también operaba el Italpark en Recoleta.

Esa etapa, según Abrodos, significó un renacimiento del parque. Aumentó la cantidad de visitas y se incorporaron atracciones mecánicas, aunque a costa de una creciente pérdida del espíritu fundacional. Colombo remarca que el parque comenzó a transformarse en un espacio meramente recreativo y que su dimensión pedagógica fue cediendo terreno sin ser reemplazada de forma integral.

El Disney de Perón, ¿mito o realidad?

En 1986, hubo un intento de que la empresa Disney se hiciera cargo de la República. Aunque nunca se concretó, el episodio alimentó el mito que vincula el parque platense con la creación de Disneylandia. Sobre este punto, Abrodos es categórico. “No hay ninguna foto ni documento que certifique la presencia de Disney”, afirma. Lo cierto es que el empresario estadounidense sí visitó a Florencio Molina Campos en su casa de Moreno y se inspiró en sus obras para películas como Goofy el gaucho o Saludos Amigos.

La vuelta de la democracia en 1983 permitió una incipiente recuperación de los valores originales. En 1991 nació el programa Los Niños Gobiernan la República. La iniciativa buscó que estudiantes de primaria cumplieran funciones como diputados y senadores y participaran en simulacros legislativos con presentación de proyectos.

Colombo menciona que ese tipo de actividades fueron importantes, pero no suficientes. A su juicio, faltó un plan general de recuperación. Denuncia que durante el menemismo se reemplazaron materiales originales por otros de baja calidad y que varios edificios fueron “puestos en valor” sin criterios patrimoniales. También señala que hubo restaurantes de comida rápida y un parque de dinosaurios que jamás se inauguró. Además, las últimas décadas del siglo XX hubo varios intentos de privatizaciones que no prosperaron.

Durante los últimos 15 años se produjeron leves avances edilicios, como la llegada de un avión que despertó curiosidad entre los visitantes y se promovieron actividades culturales. Para Abrodos, esas acciones favorecieron el impulso del parque, aunque muchas demandas estructurales persisten. En este punto, a principios de este año, se anunció la reparación y remodelación del barco y el tren del parque, dos atracciones históricas del lugar, en un convenio entre el municipio, la UNLP y Astillero Río Santiago.

La arquitectura y la nostalgia

Hoy, el parque conserva su condición de Monumento Histórico Nacional, Patrimonio Arquitectónico Platense y Patrimonio Cultural del Partido de La Plata. Recibe más de 1.200.000 visitantes por año. El Centro Cívico sigue integrado por la Casa de Gobierno, el Palacio Legislativo, la Plaza San Martín, la Plaza de las Américas, la Capilla de Lourdes, el Palacio de Cultura que alberga el Museo Internacional del Muñeco, el Banco Municipal Infantil, la estación de tren, la Aduana y la Radio República.

Sobre la arquitectura, Abrodos destaca que todos los edificios respetan la escala infantil y combinan estilos medievales, islámicos y orientales. Entre las construcciones más emblemáticas se encuentran la réplica del Palacio Ducal de Venecia, la Legislatura inspirada en el Parlamento británico, la Capilla con techos normandos, el Palacio de Justicia con su pequeña cárcel y el Taj Mahal reinterpretado como sede cultural.

El predio conserva además espacios deportivos, sectores de marina, ejército y aeronáutica, un lago artificial, un tren que recorre todo el terreno y el barco estilo Mississippi, que como se mencionó están en reparación. La estación de ferrocarril tiene paradas como Los Troncos, Caperucita y Pulgarcito.

Parte de la comunidad

Los vecinos platenses cumplieron un rol fundamental a lo largo de estos años. Algunos participaron en la construcción. Otros resistieron los intentos de privatización. Y muchos más la siguen utilizando como espacio verde de uso cotidiano.

Luciano, un vecino de 35 años, recuerda que de niño su actividad favorita era subirse al tren. “Hace unos años volví y los vi deteriorados. Vamos a ver si vuelven a ser lo que fueron”, cuenta. Yamila, vecina de Lomas de Zamora, rememora los paseos a caballo junto a su papá y su hermano. Federico, oriundo de Temperley, destaca la arquitectura y afirma que en el esplendor de su arquitectura “seguramente no tenía nada que envidiarle a Disney”.

Colombo remarca que aún falta una historia integral del parque. Según él, los libros publicados hasta ahora solo abordan la etapa fundacional. No se detallan los cambios en el uso del predio, los programas aplicados, ni las modificaciones arquitectónicas o paisajísticas.

A 74 años de su creación, la República de los Niños sigue siendo un símbolo contradictorio. Es un parque, pero también un continúa siendo político. Es un sitio de memoria, pero también de olvido. Es un espacio pedagógico que supo formar ciudadanía, y que hoy busca reencontrarse con su esencia original.

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20 de junio de 2025

Su inspiración, la rebeldía y el juramento

Día de la Bandera: Felipe Pigna y tres datos curiosos sobre Manuel Belgrano y el símbolo nacional

Entrevistado por la 750 el reconocido historiador contó cómo surgió el símbolo nacional y destacó la importancia de la figura de Manuel Belgrano.

El 20 de junio, Día de la Bandera, es una de las fechas más significativas del calendario argentino. Es una fecha plagada de emoción: miles de chicos y chicas en todo el país prometen lealtad al símbolo nacional. Y es también la oportunidad para repasar la historia de Manuel Belgrano, el creador del estandarte y uno de los máximos próceres de la patria.

En diálogo con la 750, el reconocido historiador Felipe Pigna compartió tres datos curiosos sobre la bandera argentina: desde la rebeldía de su creación, pasando por la inspiración en los colores españoles y religiosos, y hasta su propio vínculo personal con el símbolo.

1. Rebeldía de Belgrano y la creación de la bandera

La creación de la bandera nacional fue, en palabras de Pigna, “un acto de total rebeldía”. Belgrano se enfrentó a un gobierno que evitaba hablar de independencia y que, por temor a las potencias extranjeras, prefería mantener los símbolos coloniales.

En ese contexto, Belgrano decidió instalar dos baterías en la costa del Paraná, a las que llamó Libertad Independencia, y allí izó la nueva bandera. Este gesto fue una verdadera provocación para el triunvirato, que rápidamente le ordenó deshacer la bandera y utilizar la española.

Sin embargo, Belgrano no retrocedió. A pesar de la dura carta de Rivadavia, quien lo acusó de un “injustificado ataque de patriotismo”, el creador de la bandera siguió usando la que llegó hasta nuestros días.

2. Inspiración en España y la Inmaculada

El diseño de la bandera es mucho más que el cieloPigna explicó que la elección de los colores celeste y blanco no fue casualidad, sino una estrategia política. En esa época, las Provincias Unidas seguían argumentando lealtad a los Borbones de España, y los colores elegidos eran los de la Orden de Carlos III.

Esto explica por qué en los cuadros de Goya pueden verse banderas con esos mismos tonos, lo que permitía a los revolucionarios justificar el uso de la nueva enseña ante las potencias europeas.

Pero la inspiración de Belgrano iba más allá de la política. “Profundamente católico”, Belgrano eligió también los colores de la Inmaculada Concepción, una devoción muy arraigada en la tradición española y argentina.

3. El juramento de Pigna durante la dictadura

Ante la pregunta de Víctor Hugo Morales, el propio Pigna contó el vínculo que tiene él con la bandera: “Yo la prometí en Lanús y la juré en el 78 en la colimba. Me tocó con Videla, imaginate”, relató el historiador.

La experiencia de jurar la bandera durante la última dictadura militar le dejó una marca imborrable, en un contexto donde el símbolo patrio era utilizado por el régimen para legitimar su poder.

Sin embargo, Pigna remarcó el valor de la promesa de la bandera como un acto de unión y emoción genuina, especialmente para los chicos y chicas que la viven por primera vez. “Lo lindo de la promesa es que los pibes sienten una emoción particular”, dijo. 

El rol de Belgrano en el norte argentino

Por su lado, Javier Garín, escritor, historiador y autor del libro Manuel Belgrano, recuerdos del Alto Perú, destacó la profunda conexión que Belgrano tuvo con el norte argentino, especialmente en provincias como SaltaJujuy Tucumán.

“Me gusta la historia, pero la figura de Belgrano me gustaba desde que era chico, después de hacer un viaje con mis padres al norte, donde hay mucha devoción por Belgrano”, contó Garin sobre el orígen de su libro.

En esa región, la memoria de Belgrano se mantiene viva porque fue allí donde desplegó gran parte de su actuación como jefe del ejército, dejando una huella imborrable en la historia local.

Garín destacó que Belgrano fue un militar reconocido por su valentía y capacidad estratégica. De hecho, el general José María Paz, uno de los máximos estrategas argentinos, lo definió como uno de los mejores generales que tuvo el país.

“Tenía una extraordinaria valentía. Siempre pecaba por querer tomar acciones arriesgadas, no por su prudencia”, explicó el historiador. En el norte, Belgrano protagonizó batallas decisivas como la de Tucumán y la de Salta, donde logró importantes victorias que marcaron un punto de inflexión en la lucha por la independencia.

Aunque cometió errores, como en Vilcapugio, explicó, su preocupación por la gente y su capacidad para recomponerse fueron claves para expulsar a los realistas. Para Garín, el paso de Belgrano por estas provincias es fundamental para comprender su legado como prócer y militar, y explica por qué su figura sigue siendo tan valorada.

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16 de junio de 2025

Se cumplen 70 años del bombardeo de Plaza de Mayo

El día que Buenos Aires fue Guernica

El 16 de junio de 1955, el sangriento ataque dejó cientos de muertos y significó el preludio del derrocamiento de Juan Domingo Perón, que luego permanecería exiliado y proscripto por 18 años.

Juan Pablo Csipka

La barbarie del 16 de junio de 1955 fue el paso previo al derrocamiento de Juan Domingo Perón, que se consumó tres meses más tarde. Los centenares de muertos de una acción sin precedentes significaron el preludio de la Revolución Libertadora y dieciocho años de persecuciones.

A comienzos de 1955 continuaba la escalada del conflicto con la Iglesia originado meses atrás y que derivaría en la conjura militar para el tercer golpe de Estado exitoso del siglo XX en el país. Los obispos estaban preocupados por el avance del Gobierno sobre las escuelas católicas, que buscaba sindicalizar a los profesores de la educación confesional e instarlos a pedir aumentos que, dado que se habían cortado los subsidios, serían casi imposibles de pagar y provocarían juicios. Y se sumaba que veían a la Unión de Estudiantes Secundarios como competencia de Acción Católica.

Tato y Novoa

Mayo de 1955 fue un mes marcado por los arrestos de miembros de Acción Católica, acusados de conspirar contra el Gobierno. El día 8, Manuel Tato, arzobispo auxiliar de Buenos Aires, dio un paso más en la disputa con un sermón de tinte abiertamente político, en el que reclamó mejores condiciones de vida para la población. La respuesta llegó con la suspensión de la educación religiosa en las escuelas públicas. El 25 de mayo hubo un vacío total del Gobierno en el Te Deum en la Catedral.

El 11 de junio de 1955, los católicos celebraron Corpus Christi con una manifestación que se convirtió en el mayor acto opositor a Perón desde que era presidente. El arzobispo Tato volvió a dar un sermón político. La procesión, a la que asistieron políticos opositores, derivó en una marcha por Avenida de Mayo al Congreso con consignas contrarias a Perón. Horas más tarde, se informó desde el Gobierno que los manifestantes habían arriado una bandera argentina del mástil del Congreso, quemado la enseña y desplegado en su lugar otra del Vaticano. En las paredes del Parlamento hubo una pintada: “Cristo Rey”.

El 15, la tensión llegó a su punto más álgido con la orden de cese en sus funciones y expulsión de Tato y otro sacerdote, Ramón Novoa, a quienes el Gobierno acusó de perturbar el orden público. Tato era una de las figuras más visibles entre los prelados enfrentados a Perón, con invectivas abiertamente opositoras.

El 16 de junio de 1955, el Vaticano promulgó un decreto por el cual se excomulgaba a los responsables de haber expulsado a Tato y Novoa. No se mencionaba a ningún nombre, lo cual más tarde generaría debates sobre si Perón había sido expulsado del catolicismo. Casi a la misma hora, al mediodía, estaba previsto un acto de desagravio por la quema de la bandera: aviones militares iban a sobrevolar Plaza de Mayo.

Conspiración en marcha

La pulseada de Perón con la Iglesia y el desgaste que esta trajo permitieron que se reactivaran las conspiraciones en las Fuerzas Armadas. El conflicto iba a hacer que los militares opositores al peronismo volvieran a la conjura y con civiles, de una manera más organizada que en el fallido intento golpista de 1951. La notable investigación de Daniel Cichero, Bombas sobre Buenos Aires. Gestación y desarrollo del bombardeo aéreo sobre la Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955, sitúa el origen de la acción en mandos de la Armada, volcados al antiperonismo, hacia fines de 1953, cuando la amnistía dejó libres a políticos opositores encarcelados por el Gobierno.

El capitán de fragata Antonio Rivolta, a cargo del Departamento de Adiestramiento del Estado Mayor General Naval, planteó un acercamiento a los partidos opositores, lo que derivó en reuniones con figuras como el socialista Américo Ghioldi y el radical Miguel Ángel Zavala Ortiz.

Para mediados de 1954, los marinos establecieron contactos con el Ejército, primero, a través del capitán Walter Viader. Aparecieron los nombres de Eduardo Lonardi y Pedro Aramburu. El primero no se quiso plegar: no consideraba que fuera el momento y que si no se sublevaba a los blindados ubicados en Parque Patricios el golpe estaba condenado al fracaso. El segundo advirtió a los conjurados que se precisaba un apoyo concreto del Ejército para derrocar a Perón.

Entre los marinos complotados estaba el capitán de fragata Francisco Manrique, que fue enviado como enlace a Puerto Belgrano. Esa base naval de Bahía Blanca fue el corazón de la sublevación en ciernes. A fines de 1954 se puso en marcha un plan secreto, por el cual la flota bloquearía el Río de la Plata con apoyo del Ejército y la Fuerza Aérea con la posibilidad de realizar bombardeos. Un ejercicio llamado “Alcázar”, que se realizó en el mayor sigilo, permitió probar las defensas de la base ante un eventual ataque de fuerzas leales a Perón.

Aviones con el símbolo de Cristo Vence.

Toranzo Calderón

Al momento de buscar un líder en la Armada consiguieron el compromiso del contralmirante Samuel Toranzo Calderón, subjefe de la Infantería de Marina y, a la postre, el responsable principal de lo que sería el mayor ataque terrorista de la historia argentina. Aramburu le planteó sus dudas al contralmirante, que se mostraba optimista en el triunfo de la conspiración.

De acuerdo a la hoja de ruta que trazaron, y sin tener todavía una fecha, el movimiento iba a consistir en el bombardeo de la Casa de Gobierno para matar a Perón, tomar una radio para que el capitán Viader lanzara la proclama revolucionaria y avanzar con infantes de marina a Plaza de Mayo. Al mismo tiempo, llegarían las tropas del general Justo León Bengoa desde Paraná y se sumarían barcos de la Marina. Si la acción triunfaba, se formaría un gobierno provisional de las Fuerzas Armadas con la presencia de Ghioldi, Zavala Ortiz y el conservador Adolfo Vicchi.

El plan avanzó al mismo tiempo que se intensificaba el conflicto de Perón con la Iglesia. El episodio de la quema de la bandera aceleró la conspiración, si bien Bengoa era partidario de actuar después del 9 de julio, en un intento por estar mejor organizados y con más apoyo. Toranzo Calderón quería entrar en acción el 22 de junio, pero todo se precipitó la noche del 14, cuando los complotados supieron que el servicio de inteligencia de la Fuerza Aérea estaba al tanto de la conjura. Consciente de que podía ser detenido en cualquier momento, el contralmirante fijó la fecha del alzamiento para el jueves 16.

La masacre

A las ocho de la mañana del 16 de junio, el ministro de Ejército, Franklin Lucero, habló con Perón en la Casa Rosada y le sugirió trasladarse a su ministerio por razones de seguridad. Al rato se supo de una sublevación en el aeropuerto de Ezeiza (a través de infantes de marina de Punta Indio, y que pudo ser reprimido, lo cual ayudó a desactivar el alzamiento) y que oficiales insurrectos habían tomado el Ministerio de Marina.

Cuando el General salió de Balcarce 50 no se avisó al personal civil ni se advirtió a la población que no se acercaran a Plaza de Mayo. Las pesquisas de la inteligencia militar dieron con el general Bengoa. Por radio, se anunció que estaba complotado con Toranzo Calderón. Lo detuvieron y lo llevaron ante el ministro Lucero, ante quien negó toda acusación.

Mientras, la aviación naval comenzaba la cuenta atrás. Cerca de las diez y media despegaron de Punta Indio veinte aviones North American AT6, cada uno con dos bombas de 50 kilos de TNT; y cinco Beechcraft AT11, con dos bombas de 110 kilos por unidad. De la Base Aeronaval Comandante Espora salieron tres hidroaviones Catalina. Los diarios habían informado ese día que a las doce se podría ver a aviones Gloster Meteor de la Fuerza Aérea, provenientes de Morón, que sobrevolarían la Catedral. Era un acto de desagravio al general San Martín ordenado por el Ministerio de Aeronáutica. Eso es lo que explica la presencia de las cámaras que filmaron lo que iba a ocurrir.

A las 12.45 del 16 de junio de 1955, tres horas después de haber salido de Punta Indio, el capitán de fragata Néstor Noriega, a bordo de uno de los Beechcraft, dio la orden de atacar y lanzó dos bombas desde su avión. Una impactó en la Casa de Gobierno y la otra cayó delante del Ministerio de Hacienda. Buenos Aires se convirtió en Guernica, la ciudad vasca atacada por la aviación nazi en 1937, en lo que había sido una masacre sobre civiles. Como entonces, iban a morir cientos de personas. La diferencia, que no absuelve en modo alguno a la Legión Cóndor, es que ese ataque fue en plena guerra civil en España. En la Argentina de 1955 no había una guerra.

Tras la primera oleada, los aviones (que en el fuselaje llevaban la inscripción de "Cristo Vence") fueron a Ezeiza a reabastecerse. Aparecieron infantes que estaban en el Ministerio de Marina y avanzaron para tomar la Casa Rosada. En la avenida Madero, los camiones en los que iban fueron interceptados y se produjo un tiroteo con las fuerzas leales: los Granaderos respondieron desde la Casa de Gobierno y al rato llegaron las fuerzas del general Lucero. Casi al mismo tiempo, los golpistas ingresaron a Radio Mitre y obligaron a la lectura de su proclama, en la cual se anunció que “el tirano ha muerto”.

Siguen los ataques

Los Gloster Meteor de la Fuerza Aérea respondieron al ataque, en lo que fue el bautismo de fuego de la Fuerza Aérea (el arma todavía sostiene que fue en la guerra de las Malvinas). Cuatro unidades se enfrentaron a los aviones navales y derribaron a uno de los North American sobre el Río de la Plata. En una segunda acción, un Gloster Meteor inutilizó un Catalina en Ezeiza y derribó a otro North American, probablemente uno de los que atacara a los efectivos del Regimiento 3 de La Tablada que marchaban hacia el foco sedicioso del aeropuerto. 

Sin embargo, no había cohesión en la Aeronáutica y mientras se desarrollaba el combate aéreo hubo una sublevación en la Base Aérea de Morón. Diez Gloster Meteor despegaron con la orden de destruir antenas de radio y se sumaron a los ataques. En el medio, otros cuatro Gloster Meteor fueron enviados a reprimir, pero su comandante, que estaba en la conjura, decidió no entrar en combate. Cuando esa escuadrilla regresó, la base ya estaba en manos de las tropas leales.

Pasadas las 13:30, el ministro de Marina, el contralmirante Aníbal Olivieri, regresó al Ministerio de Marina desde el Hospital Naval (adonde, sabedor de lo que pasaría, había ingresado horas antes del ataque) y se encontró con Toranzo Calderón. Olivieri arribó con dos ayudantes. Eran los tenientes de navío Emilio Massera y Horacio Mayorga. Massera formaría parte de la Junta Militar tras el golpe de 1976 y sería uno de los símbolos máximos del terrorismo de Estado. Mayorga era en 1972 el jefe de operaciones de la Base Puerto Belgrano, de la que dependía la Base Almirante Zar, ubicada en Trelew, en la que se asesinó a 19 presos políticos. Sostuvo entonces la versión oficial de un intento de fuga y aseguró en un discurso: “La Armada no asesina. No lo hizo jamás, no lo hará nunca”.

El ministro no arrestó a Toranzo Calderón y ordenó repeler el ataque de militares y civiles. También mandó un enlace a Ezeiza para ordenar que los aviones navales no atacaran la Casa Rosada sino a quienes rodeaban el Ministerio. Sin embargo, no había nada que hacer y negoció con Lucero la entrega del edificio al Ejército.

La locura aún no había terminado. En una segunda oleada, los aviones atacaron con fuego de metralla el Ministerio de Obras Públicas, el Departamento de Policía y la CGT. Los sindicatos comenzaron a movilizarse a Plaza de Mayo, bajo la creencia de que Perón había sido asesinado. La convocatoria corrió por cuenta de Hugo Di Pietro, a cargo de la central obrera mientras su secretario general, Eduardo Vuletich, estaba en Suiza en la reunión de la Organización Internacional del Trabajo.

La rendición

Apenas se supo que el Presidente estaba ileso, éste ordenó a los obreros que se replegaran, en momentos en que las ambulancias recogían muertos y heridos. Hacia el norte, los aviones también atentaron contra el Palacio Unzué, la residencia presidencial, en Libertador y Agüero, que sería demolida por los golpistas. Una bomba cayó allí, pero no explotó. Otra cayó sobre la avenida Pueyrredón y mató a un chico de quince años y a un hombre que estaba dentro de su auto.

Pasadas las cuatro de la tarde, se produjo la tercera oleada sobre los mismos blancos, tras lo cual los aviones volaron a Uruguay. Varios complotados huyeron en un DC-3 rumbo a Montevideo, entre ellos, el radical Zavala Ortiz. El relato posterior señaló al futuro canciller de Arturo Illia como uno de los tripulantes de los bombarderos, algo que desmintió Roberto Martorano, edecán de Perón.

A las cinco de la tarde, la voz del líder justicialista sonó por radio. Aseguró que la conjura había sido derrotada y que “la Historia no perdonará jamás semejante sacrilegio”. Ponderó la labor del Ejército y apuntó a la Marina, a la que definió como “la culpable de la cantidad de muertos y heridos que hoy debemos lamentar los argentinos”. A esa hora, un Gloster Meteor ametralló la CGT y mató a un dirigente sindical. Poco antes de las seis, Olivieri entregó el Ministerio de Marina al general Juan José Valle, protagonista, un año más tarde, del alzamiento que lo tendría como uno de los fusilados.

Samuel Toranzo Calderón, el máximo responsable militar del bombardeo.

Olivieri y Toranzo Calderón fueron informados de que serían juzgados por la ley marcial y se les ofreció el suicidio como opción. Ambos rechazaron un arma para quitarse la vida. No así Benjamín Gargiulo, jefe de los infantes de la Marina. Escribió una carta a su esposa y se pegó un tiro en las primeras horas del 17 de junio. El contralmirante Luis Cornes asumió como nuevo ministro de Marina.

El 17 de junio, se consignaron 156 muertos y 846 heridos. El 18, ya había 89 cadáveres identificados. En su exhaustivo trabajo, Cichero calcula 229 masacrados y 797 heridos tras comparar las nóminas de ingresados en distintos hospitales que se publicaron en los diarios. En 2010, la Secretaría de Derechos Humanos elevó el número de víctimas fatales a 308 y lo consideró parcial, debido a que no se habían podido identificar cuerpos mutilados o carbonizados. El terror del 16 de junio conecta con el de 1976: uno de los aviadores navales era Máximo Rivero Kelly, implicado en crímenes de lesa humanidad durante la última dictadura.

Arden las iglesias y desaparece Ingalinella

La noche del 16 de junio llovía. Perón había pedido en su discurso que los trabajadores se quedaran en sus casas. Pero la ira por la masacre hizo que varios grupos salieran a la calle y buscaran venganza. Hasta horas antes de la masacre, la tensión había sido con la Iglesia. Ahora habían entrado en escena los militares y quedaba claro que las Fuerzas Armadas estaban fracturadas. Perón mismo lo graficó en un mensaje a sus camaradas: “En mi larga vida podré haber delinquido contra cualquier cosa, pero jamás contra los postulados del soldado ni contra nuestra Patria”.

La jornada se iba a cerrar con una imagen dantesca, que el relato victorioso de la Libertadora se encargaría de poner en primerísimo plano a la hora de hablar del 16 de junio, en una operación que invisibilizó la atrocidad del bombardeo. Así como grupos peronistas habían reaccionado dos años antes al atentado en la boca del subte con la quema de la sede socialista y del Jockey Club, la furia se orientó ahora hacia el enemigo declarado desde hacía meses.

Un grupo ingresó a la Curia, junto a la Catedral, destrozó todo lo que halló a su paso y le prendió fuego. También hubo vandalismo en la Catedral, que no ardió. Más tarde, atacaron la capilla San Roque y las iglesias de San Francisco, Santo Domingo, la Merced, San Juan, San Miguel, San Nicolás, del Socorro y la Piedad. Además de saquear los templos, hubo fuego. La Curia y las iglesias de San Francisco, San Nicolás, Santo Domingo y del Socorro fueron las más afectadas por los incendios. Los ataques ocurrieron ante la pasividad de las autoridades.

La policía se preocupó más bien de buscar a partícipes civiles del ataque aéreo, mientras se implantaba el estado de sitio. Hubo arrestos de sacerdotes y la represión derivó en un caso de desaparición forzada. El 17 de junio, por la tarde, la policía de Rosario detuvo al médico comunista Juan Ingalinella. Trabajaba en el hospital de niños de esa ciudad y lo habían cesado por su militancia. Estaba en su casa cuando llegaron agentes de policía. Se lo llevaron como parte de una redada, con otros sospechosos, entre los que estaba su cuñado, Joaquín Trumper.

En la madrugada del 18 de junio, los detenidos fueron puestos en libertad, salvo Ingalinella. Trumper le dijo a su hermano que nunca lo había visto entre los detenidos. La denuncia derivó en que el interventor de la provincia de Santa Fe, Ricardo Anzorena, pasara a disponibilidad al jefe de policía de Rosario y a tres oficiales. A fines de julio se dio por probado que Ingalinella había muerto por un ataque cardíaco mientras lo torturaban. Hubo condenas, pero los implicados fueron liberados tras cumplir dos tercios de la sentencia. Nunca se encontró el cuerpo de Ingalinella.

Perón buscó apaciguar el frente militar. Afirmó que “dejo de ser el jefe de una revolución para pasar a ser el presidente de todos los argentinos, amigos o adversarios”, pero ya había comenzado la cuenta regresiva para su caída. En septiembre, Eduardo Lonardi y el almirante Rojas consumaron el golpe y comenzó el exilio del líder justicialista, con proscripción del partido mayoritario de la Argentina.

Libre de culpa y cargo, Samuel Toranzo Calderón fue designado por Lonardi como embajador en España tras el derrocamiento de Perón. Murió en 1992, a los 95 años

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15 de junio de 2025

A 70 años del bombardeo a Plaza de Mayo 

Las fuerzas del cielo

El 16 de junio de 1955 una coalición de fuerzas intentó asesinar a Perón y apagar la llama popular. El resultado fueron más de 300 muertos y 800 heridos. El odio y el intento de instalar el olvido. Cualquier parecido con la actualidad...

Sergio Wischñevsky

El odio antiperonista, que en estos días está pasando por una temporada alta, vuelve a la costumbre de proscribir líderes populares. Hace 70 años, protagonizaron el momento más extremo de sus 80 años de existencia. El 16 de junio de 1955, una coalición formada por las fuerzas armadas, los partidos conservadores, la UCR, la elite económica argentina, la embajada de Estados Unidos, la Iglesia y un nutrido grupo de medios de comunicación, se propusieron asesinar al entonces presidente Juan Domingo Perón y a todo su gabinete, protagonizar un golpe de Estado y desalojar al peronismo del gobierno. Sacar del medio al líder para generar desconcierto en todo el movimiento popular y avanzar sobre sus conquistas sociales. Cualquier parecido con la actualidad no es por casualidad.

Para triunfar necesitaban del factor sorpresa, pero esa pretensión se frustró porque una trabajadora los denunció y puso sobre alerta a los servicios de inteligencia del gobierno. Por las actas de los juicios realizados por el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas surge que gran parte de la operación fue delatada por la empleada doméstica del teniente de Navío Carlos Massera, piloto naval, hermano de Emilio Eduardo Massera, el Almirante del golpe de 1976.

Un comando civil golpista tomó Radio Mitre y lanzó al aire una proclama: “argentinos, escuchad este anuncio del cielo volcado por fin sobre la tierra argentina. El tirano ha muerto. Nuestra Patria hoy es libre. Dios sea loado (…) En estos momentos, las fuerzas de la liberación económica, democrática y republicana han terminado con el tirano. La aviación de la Patria al servicio de la libertad ha destruido su refugio (…) Ciudadanos, obreros, estudiantes: la era de la libertad y de los derechos humanos ha llegado”.


Florencio Arnaudo, uno de aquellos comandos civiles, entre los que también se encontraba Mariano Grondona, relató años después en el libro El año en que quemaron las iglesias: “El bombardeo tenía que haber comenzado a las 10 y debía durar tres minutos, que es el tiempo que le iba a llevar a la escuadrilla descargar sus bombas. Después de esto, la Casa de Gobierno quedaría prácticamente arrasada. Entonces, la Infantería de Marina por un lado y los civiles que estuviéramos a esa hora dando vueltas por los alrededores, por otro, teníamos que asaltar las ruinas del edificio para matar a Perón”. Fracasado el intento, los golpistas huyeron Montevideo, con excepciones como la del almirante Benjamín Gargiulo, que optó por el suicidio.

La Fuerza Aérea tenía, gracias al apoyo de Perón, los aviones más modernos del mundo. La Marina solo contaba con aviones de rezago norteamericanos de la II Guerra, diseñados para entrenamiento y exploración más que para ser de ataque. Sin embargo, eran fuertes, confiables, y podían lograr su misión siempre y cuando no fueran atacados por los poderosos jets de la Fuerza Aérea. A los marinos les habían prometido que la base de Morón, asiento de estos formidables aviones, sería rebelde. Pero una parte de los pilotos permaneció leal. Ernesto Adradas, piloto de Jet leal, derribó un Texan Naval golpista sobre el Río de la Plata. Pagó caro esa lealtad cuando el golpe triunfó, tres meses después. Perón había sido avisado por cuatro vías diferentes del ataque inminente y se refugió en el Edificio Libertador, sede del Ejército, a solo 150 metros de la Casa Rosada.

Los pilotos, por culpa de las nubes, atacaron a muy baja altura, lo que hizo que muchas bombas no llegaran a explotar. Arruinado el elemento sorpresa, varios cañones antiaéreos esperaban a los aviones. Los pilotos golpistas realizaron maniobras para evitar el fuego defensivo, lo que hizo que muchas bombas cayeran sobre Paseo Colón, en especial una que hizo volar por los aires un trolebús repleto de pasajeros. Aterrizados en Ezeiza, ya tomada por la Marina, se decidió un nuevo ataque conjunto con la fuerza aérea, que ya dominaba Morón, y los aviones que venían de Bahía Blanca. Mientras tanto, la CGT había llamado a los obreros a la Plaza a defender al Gobierno. En lo peor de la batalla se efectuó el tercer ataque aéreo: el más terrible en cuanto a número de víctimas. Al caer la noche los rebeldes perdieron el control de las bases de Ezeiza y Morón y huyeron, con sus aviones gravemente dañados.

Si bien había maneras más simples de cometer ese magnicidio (Perón salía todos los días exactamente a las 5.45 AM de la residencia presidencial manejando su propio auto Cadillac, sin blindaje, acompañado por otro auto con custodios) se buscaba hacerlo de una manera tan espectacular que quitara la voluntad de lucha a sus millones de seguidores. El resultado fue más de 350 muertos y 800 heridos, de los cuales cerca de cien personas quedaron mutiladas.

El dirigente de la UCR, Miguel Ángel Zavala Ortiz, era uno de los que iban a formar el triunvirato de gobierno si Perón caía. Huyó con las aeronaves a Uruguay. Volvió luego del 16 de septiembre y aplaudió públicamente el fusilamiento del General Juan José Valle y los asesinatos en los basurales de José León Suarez. Para vergüenza de los argentinos, el exjefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Enrique Olivera, le puso su nombre a la plazoleta de la avenida Leandro N. Alem y Rojas.

La construcción del olvido comenzó al día siguiente. Los diarios Clarín y La Nación hicieron una amplia cobertura donde mostraron profusamente los daños materiales y dedicaron muchísimo menos espacio a las víctimas. En el mismo tono y enfoque, dos de los principales historiadores argentinos escribieron con los ojos vendados de ideología. Tulio Halperín Donghi, en 1960, relata así la historia: “El 16 de junio a la protesta desarmada siguió la tentativa de golpe militar: una parte de la Marina y la Aviación se alzó contra el gobierno, bombardeando y ametrallando lugares céntricos de Buenos Aires. Esa noche, sofocado el movimiento, ardieron las iglesias del centro de la ciudad, saqueadas por la muchedumbre e incendiadas por equipos especializados que actuaron con rapidez y eficacia: en San Francisco, en Santo Domingo, el fuego se llevó todo, hasta dejar tan sólo el ladrillo calcinado de los muros; las cúpulas, levantadas y rotas por la presión de los gases de combustión, dejaron paso a llamaradas gigantescas”. Preocupación meticulosa por las iglesias quemadas, ni una palabra sobre los cuerpos asesinados. 

Por la misma época, y con el mismo tono, se expresaba José Luis Romero: “Repentinamente, la vieja conspiración militar comenzó a prosperar y se preparó para un golpe que estalló el 16 de junio de 1955. La Casa de Gobierno fue bombardeada por aviones de la Armada, pero los cuerpos militares que debían sublevarse no se movieron y el movimiento fracasó. Ese día grupos regimentados recorrieron las calles de Buenos Aires con aire amenazante, incendiaron iglesias y locales políticos, pero el Presidente acusó el golpe porque había quedado a descubierto la falla que se había producido en el sistema que lo sustentaba”.

La Masacre de Plaza de Mayo quedó impune, los que huyeron volvieron como “libertadores” y un ciclo de violencia se desató por décadas. Ahora que el odio político vuelve a estar de moda, es impactante el alto desconocimiento sobre estos sucesos que tiene el pueblo argentino. No conocemos lo suficiente nuestra historia.

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